martes, 12 de agosto de 2014

This is the end, my friend

Llevo ya algunos días en España. Tras un vuelo nocturno, directo, desde Dakar a Madrid, llevo varios días descansando, limpiando y organizando el resto de mis vacaciones. Llega el momento de cerrar el blog y de abrir el período de reflexión sobre lo vivido. Un amplio documento word, que recogerá tanto lo escrito en el blog como desarrollará las ideas anotadas en mi cuadernillo e impresiones guardadas en mi corazón y cabezón, precederán al audiovisual que montaré con fotos y música para mostrar en Pedalibre, la asociación a la que pertenezco. El viaje cicloturista titiritero finalizó. Ya es historia, mi historia y la de aquellos que la vivieron junto a mí, tanto en Senegal como a través de las distancias cibernéticas.
Como cicloturista, me siento muy satisfecho, como titiritero, frustrado pero agradecido y con varias ideas por desarrollar en próximos viajes, pues pienso que ésta ha sido la primera -espero- de las muchas experiencias ciclotitiriteras que quisiera tener en el futuro, una suerte de introducción que me habla de muñecos, niños y, sobre todo, de mí.
La lengua francesa, por la que siento un profundo rechazo desde mi niñez, no me ha ayudado a superar la barrera no sólo idiomática sino anímica con la que partí a la aventura. Este Waltítere, azotado por corrientes oscuras, cuyos hilos están enredados en las varillas de madera, parece ser que no ha podido encontrar el camino a Ítaca y que le toca seguir navegando por océanos ahítos de cantos de sirena, hechiceras y Polifemos lanzarocas que habrá que sortear -o no- algún tiempo más.
¿Senegal en bici? Sí, y requetesí. Os animo a visitarlo, a disfrutarlo, como lo hice yo, sabiendo, claro, que África es dura para nosotros los europeos, un espacio de numerosos obstáculos e incomodidades que han de ser superados, aceptados, para disfrutar de esas maravillosas gentes e impactantes paisajes. Más allá de los mosquitos, del calor, del polvo rojo que se pega hasta en el más recóndito de los objetos de tu equipaje, existe mucho que gozar allí. Pero hay que estar preparado para ello. Por mi parte, tras Tanzania, Marruecos y, ahora, Senegal, descansaré de África un tiempo para reponerme y volver a ella más adelante.
África, ese inmenso continente mágico azotado por las enfermedades, la globalización y las consecuencias de una  postcolonización que no le permite caminar ni bailar -ni permitirá, me temo, durante mucho tiempo- al son de su propio ritmo...
África, esas personas a las que creo que hay que ayudar del modo en el que cada cual estime oportuno.

Muchas gracias a todos por vuestros comentarios a lo largo del mes. Estando allá uno se siente más cerca de acá, de los suyos, menos solo, al saberse leído.
God save the bycicle!
God save the love!






Te voy a contar un secreto

Y es que estuve intentando hacer surf en la playa de El Secreto, en Dakar.
Y digo intentando porque, efectivamente, no pude coger ni una ola en condiciones. Suelo de roca, orilla rocosa, montones de niños senegaleses, hijos del mar, que brincaban en sus tablas de surf y de bodyboard y que cogían alegremente las olas de espuma, ya próximas a la orilla; en la lejanía, donde nacen las olas verdes, el no muy numeroso grupo de surfistas -algunos locales, negros, y otros blancos, toubabs- que esperaban sentados o tumbaditos sobre la tabla su momento de gloria.

Este fue el panorama que, desde la playa, estuve un rato observando. Me lancé a la aventura y alquilé una tabla de 9'6'' (2,90 m) con un ancho de 23 cm, muy mona ella, con su bandera de Senegal decorándola.(5.000 cefas=7,5 euros)
Emocionado,  rápidamente, me tumbé sobre ella tirándome al agua, dado que no podía caminar por el suelo de roca, para adentrarme en el maravilloso y templado océano Atlántico, de aproximadamente 25 grados, que baña la capital de Senegal. Remé hacia el interior y esperé a que las olas naciesen frente a mí. Recordando los consejos de Yerai, mi profe de surf del año pasado, tomaba en cuenta puntos de referencia, posición en la tabla, etecé etecé. Pero todo mi afán fue en vano. Tras algunos intentos fallidos -típico en el período de aprendizaje y tras un año de no volver a surfear- en la que la ola se va sin ti y te quedas como un bobo de pie sobre la tabla, dado que no has remado lo suficiente para colocarte en la cresta y que te lleve, sobrevino un problema mayor. Uno de los surfistas senegaleses, que cogía todas las olas y más, no daba opción a que yo pudiese siquiera intentar coger una, dado que, siguiendo las leyes surferas mundiales, el que coge la ola primero tiene prioridad. Eso añadido a otra de las reglas: los locales tienen prioridad, hizo que tanta prioridad me hundiese en la miseria acuática. Entre el egoísta que no dejaba una -y que incluso me chistó varias veces, para avisarme que venía, cuando iba a ponerme de pie sobre mi tabla-, los niños, que colonizaban la zona próxima a la orilla, la existencia de suelo rocoso y la estrecha longitud de la playa del Secreto, este pobre begginer se tuvo que ir frustradillo a coger el avión a España que salía unas horas después. Pero me di ánimos a mí mismo y al final me reconcilié con mi destino. ¡Al menos lo había intentado! Habrá que dejar para España el goce de cabalgar las olas...

domingo, 3 de agosto de 2014

La isla de los esclavos

Faro del puerto de Dakar con la isla de Gorée al fondo

Monumento que simboliza la abolición de la esclavitud

Si has estado en uno de estos lugares malditos alguna vez, podrías pensar que ya te has inmunizado contra la tristeza y el dolor que transmiten, pero no es así, afortunadamente ...
El Fuerte d´Estées, de origen francés
Imagino que para las personas que conviven con esa realidad y lugares de manera permanente, pisar el suelo que, durante tantos siglos, fue hollado por personas que no eran consideradas más que mercancía, puede llegar a ser una rutina. Pero para un europeo con cierta sensibilidad, presenciar los calabozos de castigo, la sala de pesaje, la zona de embarque y demás dependencias de esta Maison des Esclaves no puede, por menos, que despertarle cierta aprensión, un profundo rechazo y quizás, dependiendo del tipo de persona que se sea, el asomo de una culpa, tenue pero claramente definida.
La que se posee por pertenecer a una raza, la blanca, que durante mucho tiempo se sintió con el derecho de comprar y vender, utilizar y matar a millones de seres de otra que consideraba inferior.
Si bien es cierto que la esclavitud no la inventaron los europeos -ya se producía entre los diferentes pueblos africanos como consecuencia de las batallas-, fueron los árabes, pero sobre todo los europeos los que la globalizaron y los que convirtieron a África en un nicho de trabajadores y mujeres gratis del cual se benefició el resto del mundo, situación que propició la base de la riqueza de muchos países y que sumió en la pobreza y la desestructuración sociopolítica a un continente que aún no ha levantado cabeza desde entonces. Ese es nuestro reciente pasado, esa nuestra culpa y esa también, desde mi punto de vista, nuestra deuda con África y sus habitantes.



Camino por los estrechos pasillos junto a los otros españoles, subimos y bajamos escaleras, tras el guía, y sigo viendo las mismas escenas que en Zanzibar: turistas que, por inercia, posan riéndose bajo la placa donde se sometía a durísimo castigo físico a los recalcitrantes, o bromean en el umbral de la "Puerta de no retorno".
Desde aquí embarcaban los esclavos con rumbo, sobre todo, a América del Sur.

Imagino que es condición humana utilizar el humor para no profundizar en un tema tan indigno y cruel, o que, probablemente, tomándolo a risa nos creamos mejores, más evolucionados, que nuestros antepasados. La Maison des Esclaves abre sus puertas centenarias al turismo y todos pululamos, cámaras en ristre, de aquí para allá. Las lenguas española, inglesa, francesa resuenan por los pasillos. El horror se transmite -y, por lo visto, exagera- cual historia perteneciente a unos tiempos que, nos decimos, ya no podrían volver. O eso nos gusta pensar.
Ya no existen esclavos como los de entonces. Ahora el concepto se ha diversificado, especializado y extendido a muchos continentes bajo otras premisas, pero, como siempre, económicas, aun cuando su apariencia sea, sobre todo, la sexual. Lo cierto es que se siguen vendiendo y comprando personas: mujeres y niños, aunque no se les ate con cadenas físicas ni se les eche a los tiburones por no válidos. Existen otros goznes y otros depredadores. A la especie humana aún le queda  mucho camino por recorrer para liberarse de estos horrores. La pregunta es, ¿cuánto tiempo y sufrimiento necesitaremos para evolucionar?


Disposición a modo de "lata de sardinas" de los esclavos en el barco.

Destinos de los esclavos desde los puertos africanos.


Los portugueses, primeros colonizadores europeos, pintaban sus casas en color amarillo. Los segundos, los holandeses, lo hacían de marrón.


Los milanos. Permanentes vigilantes de los cielos y suelos que me han acompañado, como las cabras, a lo largo de todo este mes.


sábado, 2 de agosto de 2014

Regreso a Dakar acompañado de delfines

Un inmenso barco -heredero del trístemente famoso Joola, que sepultó en el mar a casi 2.000 personas en septiembre de 2002-, es el encargado de llevarme, y marearme, de Ziguinchor a Dakar.
Walkyria espera pacientemente a ser subida al barco





El simpatiquísimo Sene, gendarme que me ayudó mucho en todas las gestiones del viaje a Dakar. Sene, que quiere alistarse en las fuerzas militares de las Naciones Unidas para combatir a Al-Qaeda en Mali y, de ese modo, juntar dinero para poder casarse con su novia. Ojalá ese Dios en que cree le ayude y le traiga sano y salvo junto a ella.
Gaviotas que se lanzan en picado sobre las turbulentas aguas que la embarcación produce a nuestro paso, pescadores, en la lejanía, que ignoran, con sus tradicionales métodos de pesca, la gigantesca modernidad que pasa frente a ellos y delfines, sí, delfines que asoman sus cuerpos brillantes por entre la espuma.
Todo esto mientras el grupo de japonesas se ponen más amarillas de lo que es habitual en su tez y deambulan de acá para allá cual zombies incapaces de engullir a ninguno de los mortales que están a su lado.
Yo miro el horizonte verde -en tanto que surcamos el río Casamance- observando la tormenta que descarga en esos momentos en la lejanía, esos mismos lugares que ayer pedaleé, esa misma tormenta  bajo la cual también ayer medité.
Los pasajeros africanos se lanzan, alegres, a comprar botes de Coca Cola que cuestan el doble que en tierra, y bocadillos, y cafés, y tés... El Ramadán ha acabado y un carnaval de consumo glotón se alía con la, de seguro, presencia de una clase social senegalesa más pudiente de la que estoy acostumbrado a tratar (el viaje en barco cuesta 8.000 cefas el billete más barato). Unas personas que degluten las viandas vestidas con camisetas de One Direction, tomando vídeos y fotos de los delfines o cuidando, algunos, de sus hijos mulatos, que corretean de aquí para allá, pues se ven varias parejas mixtas disfrutando del viaje.

Cuando el barco se lanza a conquistar el océano Atlántico, y el oleaje, aunque suave todavía, proporciona mayor subebaja a las vísceras, mi organismo empieza a quejarse. Una desazón intensa -dieciséis horas de viaje- empieza a corretear por las comisuras de mi paciencia. Cual borrachera que no ha hecho más que empezar, provoca pensamientos de angustia en mi ánimo. Pero toca tranquilizarse, respirar lento y profundo y recordar a mi padre, una vez más, y sus experiencias marineras a lo largo de todo un servicio militar (máxime cuando este barco es de fabricación alemana). De haber estado en su lugar , a mí me hubiesen tenido que echar a los tiburones, de seguro, para que hubieran acabado con mi sufrimiento en un abrir y cerrar de mandíbulas. O mejor aún, a los delfines, sí, para que me hubiesen llevasen enganchado a sus aletas lejos de estos descomunales artefactos humanos capaces de surcar océanos y pesadillas. El Joola, prácticamente dos mil personas muertas -apenas se salvaron sesenta y cinco- en un barco con capacidad máxima de quinientas. Siempre la misma historia, siempre las mismas avaricias e inconsciencias. La mayoría de los cuerpos no aparecieron y las familias no tuvieron nada que poder enterrar. Miraban al mar y rogaban que éste les devolviera el cuerpo de sus seres queridos, pero el Atlántico, avaricioso, se los quedó para sí y los convirtió en sus hijos de espuma y sal.
Cuando cae la noche, me arriesgo a cenar algo que, en lugar de vomitarlo, mi estómago agradece y, con cuidadín, me voy a intentar dormir a la litera en el camarote que comparto con otras tres personas. Tumbado, la sensación de inestabilidad y meneíto se hace más intensa que verticalizado, por lo que tardé mucho en poder conciliar un descanso de sueños ligeramente centrifugados.

Una vez en tierra, aún sentí durante algún rato que el suelo se movía bajo mis pies. Pero ya estaba en Dakar, por fin. En la sala donde esperábamos a que el equipaje fuese descargado, los televisores se encargaron, cómo no, de enseñar perfumes donde blanquitas pseudoafricanizadas se convierten en diosas o, podía faltar, un porsche recorre carreteras aquí más imposibles de encontrar aún que en Europa. Fotos de Clinton, los Obama y el Papa visitando la isla de Goree, el emplazamiento desde el que se desangró a África a través de los millones de esclavos que se llevaron para, con su fuerza, su vida y su muerte dotar de riqueza a las naciones europeas.


Y luego, de nuevo, cíclicamente, los mismos anuncios: la diosa perfumada, el coche veloz y la Brussels Airlines, donde una azafata blanca cubre con una manta calentita al viajero mulato que se ha quedado dormitido ante la mirada sonriente de una chica negra. Luego el alboroto ansioso de cientos de personas recogiendo su equipaje, todos deseando de salir cuanto antes del puerto.
Después de socializar un poco más con Aitor y Judith, dos catalanes con los que coincidí tanto en Karabane como en el barco, buena gente, tocaba pedalear una Walkyria cansada, con unos platos que se niegan a cambiar, un cuentakilómetros que dejó de trabajar hace ya casi 200 km y unas alforjas maltrechas y malolientes. El frustrado titiritero y el satisfecho cicloturista recorrieron, despacito, la Corniche, el litoral oeste de Dakar, fina línea costera en la que se extienden las embajadas y chalés de los adinerados -por supuesto, junto a la brisa oceánica y sus magníficas vistas-, mientras que, apenas unas decenas de metros más allá, se extienden la aglomeración de casas y polvo propios de las clases empobrecidas...
Siento que ya casi estoy en casa. Un par de días y de peldaños de avión más y la aventura senegalesa habrá concluido.

El reposo del guerrero

Viajar a Elinkine para, cruzando el río Casamance -uno de los tres más grandes de Senegal-, llegar a Karabane, es cerrar la ruta cicloturista recibiendo un premio tan inesperado, como merecido, después de los alrededor de mil kilómetros recorridos. Palmeras y atardeceres, aves tropicales y, siempre, siempre, gentes sonrientes que veneran tanto el reggae como el mbolox. Gentes que tienen, como objetivo principal, cuando te encuentran en la oscuridad de esta noche compacta como el alquitrán, ayudarte a encontrar el camino al hogar una y otra vez.
Karabane: barcas de pescadores y cangrejos. Niños que juegan y tus pies, en la arena, descansando, por fin, de los pedales.







Martin. Un ser muy especial. Inteligente, cariñosa... Y excelente fotógrafa!
Martin vive con Gloria y con Julien, su padre, en una cabaña con dos perros, un gato, gallinas...

Gloria, una artesana valenciana afincada en Karabane, realiza aquí sus collares, pendientes, bolsos... con telas africanas que luego vende tanto aquí como en algunas ciudades españolas

Si venís a Karabane, no dejéis de alojaros aquí, las habitaciones son magníficas y el trato muy cercano y atento.


Parafraseando la escena de la película de Doors: "No te comerías este corderito (aquí: cabritilla) ¿verdad?"  (No añadiré lo que, por lo visto, contestó Morrison que haría con el animalillo...)

Un cangrejo haciendo el baile de Pulp Fiction


Mis queridas cabras. Compañeras durante todo el mes que no cesaban de provocarme para que las hiciese fotos. Las he visto subirse por los sitios más inverosímiles, jugar, rascarse con el asfalto... Las he oído llamarse asustadas, contentas, toser...


Restos de una embarcación que, oxidada, muestra los últimos dientes que le quedan aún antes de ser disuelta por el salado océano de tiempo y sol



El fin del Ramadán ha llegado. Los niños se engalanan y piden donativos para la fiesta que se va a celebrar esta noche.