Llueve. Por fin. Las gentes de Senegal pueden estar tranquilas. Llueve sobre los mangos, sobre los arrozales, sobre las vacas y cabras, llueve sobre las cabañas de paja y adobe. Llueve.
Las alforjas de la bicicleta preparadas para recibir el agua y yo, a sus pies, sobre la esterilla, cubriéndome con el poncho de plástico, utilizando el manillar y mi propia cabeza como puntos de apoyo sobre los que resbalarán las lágrimas tropicales. A mi lado, la comida que me disponía a engullir. Ahora vienen los rayos, que muerden con un blanco eléctrico las lianas, las hojas, la tierra que empieza a mojarse. Y luego, apenas un par de segundos después, la furia sónica de los dioses del cielo. El bramido del trueno que parece querer romper el mundo. A su llamada, toneladas ingentes de agua que caen con rabia y que, inundando resquicios y combando plásticos, me hace replantearme la estrategia. No puedo comer así. Meditaré.
Colocada la lona adecuadamente sobre mi cabeza, postura de seiza, cierro los ojos. La conciencia empieza su viaje a las profundidades mientras mi cuerpo es golpeado por la lluvia. Frescor, ruido, miles de impactos... Viaje, respiración y, cuando estoy empezando a soltar, un fuerte impacto contra mi pecho. Grito y abro los ojos. (!!!!!??????) Walkyria me ha caído encima y golpeado con el sillín. La tierra, perdida la consistencia al ser empapada, ha engullido la pata de cabra como si ésta se hundiera en mantequilla. La coloco como puedo sobre una de las gruesas lianas hasta que se equilibra y continúo con la meditación, no sin estar un buen tiempo alerta esperando un nuevo sobresalto que no llegó.
Respiración, mandíbula relajada. Lluvia sobre mi cuerpo cubierto con una lona azul marino. Dejo pasar varios eones. Un Caballero Oscuro entrando en los laberintos más profundos en busca de la luz que allí duerme. Cuando regreso, me pregunto qué pensarán los conductores cuando vean ese bulto piramidalmente amorfo junto a una bicicleta tan rara.
La lluvia tropical no cesa. Me pongo en pie, arrojo el pan que había comprado, pues parece que lo haya metido en un cubo de agua, y continúo pedaleando.
De nuevo Ziguinchor me recibe, tras 24 kilómetros de lluvia, completamente empapado. Manos y pies de viejo.
Una ducha caliente. La segunda en un mes. El paraíso. Fuera los charcos invaden la ciudad y pronto, muy pronto, las personas de esta enjambreada ciudad, cual hormigas, los rodearán buscando caminos, comercios y voces, sumergiéndose en una noche con olor a río y pescado, con olor a lluvia, bajo el croar obstinado de las ranas del cementerio.
Las alforjas de la bicicleta preparadas para recibir el agua y yo, a sus pies, sobre la esterilla, cubriéndome con el poncho de plástico, utilizando el manillar y mi propia cabeza como puntos de apoyo sobre los que resbalarán las lágrimas tropicales. A mi lado, la comida que me disponía a engullir. Ahora vienen los rayos, que muerden con un blanco eléctrico las lianas, las hojas, la tierra que empieza a mojarse. Y luego, apenas un par de segundos después, la furia sónica de los dioses del cielo. El bramido del trueno que parece querer romper el mundo. A su llamada, toneladas ingentes de agua que caen con rabia y que, inundando resquicios y combando plásticos, me hace replantearme la estrategia. No puedo comer así. Meditaré.
Colocada la lona adecuadamente sobre mi cabeza, postura de seiza, cierro los ojos. La conciencia empieza su viaje a las profundidades mientras mi cuerpo es golpeado por la lluvia. Frescor, ruido, miles de impactos... Viaje, respiración y, cuando estoy empezando a soltar, un fuerte impacto contra mi pecho. Grito y abro los ojos. (!!!!!??????) Walkyria me ha caído encima y golpeado con el sillín. La tierra, perdida la consistencia al ser empapada, ha engullido la pata de cabra como si ésta se hundiera en mantequilla. La coloco como puedo sobre una de las gruesas lianas hasta que se equilibra y continúo con la meditación, no sin estar un buen tiempo alerta esperando un nuevo sobresalto que no llegó.
Respiración, mandíbula relajada. Lluvia sobre mi cuerpo cubierto con una lona azul marino. Dejo pasar varios eones. Un Caballero Oscuro entrando en los laberintos más profundos en busca de la luz que allí duerme. Cuando regreso, me pregunto qué pensarán los conductores cuando vean ese bulto piramidalmente amorfo junto a una bicicleta tan rara.
La lluvia tropical no cesa. Me pongo en pie, arrojo el pan que había comprado, pues parece que lo haya metido en un cubo de agua, y continúo pedaleando.
De nuevo Ziguinchor me recibe, tras 24 kilómetros de lluvia, completamente empapado. Manos y pies de viejo.
Una ducha caliente. La segunda en un mes. El paraíso. Fuera los charcos invaden la ciudad y pronto, muy pronto, las personas de esta enjambreada ciudad, cual hormigas, los rodearán buscando caminos, comercios y voces, sumergiéndose en una noche con olor a río y pescado, con olor a lluvia, bajo el croar obstinado de las ranas del cementerio.
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