|
Los
hombres del lugar, los africanos, perciben el tiempo de manera bien diferente.
Para ellos, el tiempo es una categoría mucho más holgada, abierta, elástica y
subjetiva. Es el hombre el que influye sobre la horma del tiempo, sobre su
ritmo y su transcurso (por supuesto, sólo aquel que obra con el visto bueno de
los antepasados y los dioses).
El
tiempo, incluso, es algo que el hombre puede crear, pues, por ejemplo, la
existencia del tiempo se manifiesta a través de los acontecimientos, y el hecho
de que un acontecimiento se produzca o no, no depende sino del hombre. Si dos
ejércitos no libran batalla, ésta no habrá tenido lugar (es decir, el tiempo
habrá dejado de manifestar su presencia, no habrá existido).
El
tiempo aparece como consecuencia de nuestros actos y desaparece si lo ignoramos
o dejamos de importunarlo. Es una materia que bajo nuestra influencia siempre
puede resucitar, pero que se sumirá en estado de hibernación, e incluso en la
nada, si no le prestamos nuestra energía. El tiempo es una realidad pasiva
y, sobre todo, dependiente del hombre.
Todo
lo contrario de la manera de pensar europea.
Traducido
a la práctica, eso significa que si vamos a una aldea donde por la tarde debía
celebrarse una reunión y allí no hay nadie, no tiene sentido la pregunta:
«¿Cuándo se celebrará la reunión?» La respuesta se conoce de antemano: «Cuando
acuda la gente.»
De
modo que el africano que sube a un autobús nunca pregunta cuándo arrancará,
sino que entra, se acomoda en un asiento libre y se sume en el estado en que
pasa gran parte de su vida: en el estado de inerte espera.
|
No hay comentarios:
Publicar un comentario