sábado, 2 de agosto de 2014

Joyas literarias

“Aunque nada es definitivo, Occidente tiene todos los motivos para sentirse tranquilo. Un escritor lo comparó con un apacible viejo tumbado al sol entre las flores de su jardín. Con todo su bienestar, no ve que los pobres del planeta se dedican a matarse entre ellos en el fondo del abismo donde los abandonó la esclavitud y el colonialismo. Las guerras civiles en África, Asia y Latinoamérica parecen desafiar cualquier atisbo de comprensión. En realidad, del conflicto de Cachemira hasta la crisis en la región de los Grandes Lagos podemos hallar los orígenes en el colonialismo. Esos pueblos, al contrario de Occidente, intentan reencontrar una identidad perdida. Al resto del mundo le cuesta superar el siglo XIX europeo.”

Se es madre para comprender lo inexplicable. Se es madre para iluminar las tinieblas. Se es madre para proteger cuando los rayos arañan la noche, cuando los truenos violan la tierra, cuando el barro nos atrapa. Se es madre para querer sin principio ni final.

Los hombres del lugar, los africanos, perciben el tiempo de manera bien diferente. Para ellos, el tiempo es una categoría mucho más holgada, abierta, elástica y subjetiva. Es el hombre el que influye sobre la horma del tiempo, sobre su ritmo y su transcurso (por supuesto, sólo aquel que obra con el visto bueno de los antepasados y los dioses).
El tiempo, incluso, es algo que el hombre puede crear, pues, por ejemplo, la existencia del tiempo se manifiesta a través de los acontecimientos, y el hecho de que un acontecimiento se produzca o no, no depende sino del hombre. Si dos ejércitos no libran batalla, ésta no habrá tenido lugar (es decir, el tiempo habrá dejado de manifestar su presencia, no habrá existido).
El tiempo aparece como consecuencia de nuestros actos y desaparece si lo ignoramos o dejamos de importunarlo. Es una materia que bajo nuestra influencia siempre puede resucitar, pero que se sumirá en estado de hibernación, e incluso en la nada, si no le prestamos nuestra energía. El tiempo es una realidad pasiva y, sobre todo, dependiente del hombre.
Todo lo contrario de la manera de pensar europea.
Traducido a la práctica, eso significa que si vamos a una aldea donde por la tarde debía celebrarse una reunión y allí no hay nadie, no tiene sentido la pregunta: «¿Cuándo se celebrará la reunión?» La respuesta se conoce de antemano: «Cuando acuda la gente.»
De modo que el africano que sube a un autobús nunca pregunta cuándo arrancará, sino que entra, se acomoda en un asiento libre y se sume en el estado en que pasa gran parte de su vida: en el estado de inerte espera.

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