sábado, 26 de julio de 2014

Títeres y golpes



Hay días que vienen marcados por unos signos que, probablemente, puedan leerse en las nubes, en el poso del café o quizás, incluso, aparezcan escritos con piedrecitas en la pista de tierra que pedaleas. Como quiera que sea, si no tienes la fortuna de descifrar el mensaje a tiempo, te verás abocado a repetir una acción que ese día en concreto tiene vetada. Eso ocurrió ayer. Tras salir de Tanaf sin desayunar, y llevar ya más de 10 kilómetros de ruta hechos, decidí pararme en una de las pequeñas aldeas de las que atravieso, a decenas, cada día, para buscar algo caliente que echarme al estómago. Resultó que uno de los hombres a los que me dirigí sabía hablar inglés, y no era casualidad porque se trataba del director de la escuela del lugar, la cual, por cierto, está subvencionada por el gobierno español.
 Este señor, con una amabilidad que no es nada extraordinaria en Senegal, me condujo hasta un establecimiento en el que se me preparó un delicioso café touba –una suerte de café al que añaden alguna especie no identificada, que es hiperdulce y al que no echan nada de leche-. Sentadito en las sombras, repitiendo hasta la saciedad en un francés que ya lo quisiera para sí mismo Deppardieu –ye ne compré pa fransé- a propios y extraños que por aquellos lares aparecían y me hablaban, se me ocurrió que, finalizando la amable ingesta  -pues fui invitado-, compensaría el detalle haciendo una de mis funciones titiriteras para los niños que, fijos sus ojos en cada sorbo que daba al líquido o rascada que recibía mi nalga –ay, malditos mosquitos, que no descansáis ni un momento-, allí se encontraban. Calculé que habría, más o menos, diez, así que, al levantarme, compré 5 paquetes de galletitas. Como cada una tiene cuatro, pensé, aunque vengan más, hay de sobra para todos. Craso error, amigo Walter. Olvidaste que la capacidad de multiplicación del niño africano rebasa cualquier cálculo matemático.
Compradas las galletas, me dirigí a mi bici. Me pongo a remolonear, mis manos empiezan a sacar, y montar, a RobRobot cuando, hete aquí que ese chico, un tanto pesadito, que me había encontrado en la carretera hace un rato, y que conducía una moto, estaba a mi lado, volviendo a la carga con el francés, y mira que, hastiado por su incapacidad para asumir la realidad, llegué a hablarle en español para ver si comprendía, a través de su incomprensión, que yo no comprendía. Decía que allí le teníamos al muchacho de nuevo, sonriente y dándole a la lengua de Cyrano con un desparpajo nada despreciable. Y yo con el muñequito en la mano, a medio salir y medio entrar. Bueno, pues nada, dejémosle que se explaye y tranquilice. Aprovechemos el tiempo dando galletitas a los niños. Una galletita, dos galletitas, tres galletitas. El monstruo de los teleñecos se quedó sin poder seguir contando y repartiendo  galletitas porque allí ya había, por lo menos, cuarenta niños. Bueno, bueno, pues sigamos con el intento titiritero. Vuelvo a por el muñeco. El menda parlanchín que sigue a mi lado, mirándome, y otro chaval también, que señala al cuentakilómetros de la bici. Sonrío, amablemente, con las varillas del títere quietecitas cuando, zas, plof, plaf, reniegos y forcejeos, suspiros y estrangulamientos. Dos chicos del público potencial, de los mayores, se están zurrando de lo lindo. Les chisto para que cesen las hostilidades, pero no hay manera, están como dos cangrejos entenazados el uno al otro. Desmoralizado, me digo que elegí un mal día para representar de nuevo una obra titiriteril, me monto en la bici y me marcho.
Pasados unos 20 kilómetros, atravesé un pueblo en el que había una chiquillería impresionante jugando al fútbol. Me gritaron para que me detuviese. Decidí que sería un buen lugar no sólo para hacer una de las obras –me había quedado así como con ganillas- sino, además, para darles los dibujos que hicieron mis alumnos del Zuloaga para los niños de Senegal e, incluso, si me apuras, para regalar la bolsa de títeres de Javi. Tres en uno, me dije, y baje de la bici dudando si querían que jugase yo también o no al fútbol. Una vez más, y en contra de lo que deseaba, me cedieron un lugar de honor –una de las dos sillas de plástico que había bajo un árbol- para ver el partido que iba a comenzar. Incómodo por esa situación privilegiada de blancosentadoensilla, intenté relajarme y disfrutar del encuentro. Me alegré de no haber sido invitado a jugar, pues me habrían reventado y, además, con lo que me gusta a mí el fútbol... Empujones, revolcones varios, cabezazos que dejaban medio turulato al jugador en el suelo… Bueno, bueno, qué interesante, sonreí, mirando a mi alrededor. Si no había cincuenta niños, de todas las edades, no había ninguno. Recordé a David Redondo, e imaginé cómo se sentiría estando en mi lugar en ese mismo momento… Pasado un rato, decidí lanzarme a mi aventura particular. Me levanté, di las gracias una y mil veces, mersí, mersi bocú, y me dirigí a mi bicicleta-teatro. Decidí empezar, una vez más, caballo ganador, con la cuerda y algunos juegos de magia para cautivar su atención y crear atmósfera. La cosa funcionó, aunque el público que iba llegando cada vez más y más, a pesar de mis indicaciones para que se pusieran delante, hicieron oídos sordos y pronto fui, como el general Custer, rodeado. Los títeres hicieron aparición. El ratoncillo despierta sonrisas y el ave, miedos. Persigo a algunos, que corren realmente despavoridos, con mi búhotapóndecorcho, y luego RobRobot intenta, en balde, hacerse escuchar. Ya han empezado los empujones, los echarse encima de la bici a pesar de que les indico que se separen. Nada, chico, que no hay manera, como burros. Impotente, detengo la obra y me dispongo a regalar los dibujos. En buena hora. Codazos en las muelas y trompazos a lo Bud Spencer empiezan a caer, como es habitual,  hacia abajo, que es el camino más recto auspiciado por una gravedad que nada sabe de injusticias de edad y/o tamaño. Los pequeños se están llevando la peor parte. Me pongo serio, intento que hagan una fila. Algunos obedecen, otros; no. La repartición de los dibujos se ve interrumpida y reiniciada en varias ocasiones, y la tensión va en aumento. 
Algunos dibujos, los títeres y muchas caras espachurradas
Decenas de palmas de manos, ojos suplicantes y cráneos espachurrados se abren ante mí. Incapaz de soportarlo más, e invitado por alguno de los mayores a que me marche, pues saben que aquello es ya ingobernable, decido ir a la fase tres, la del regalo de la bolsita con un surtido de títeres de dedo  –león, elefante, ranita…- que Javier me dio para “que no regresara a España”, y esta vez lo hice bien: me dirigí a uno de los mayores que medio controlaba el inglés y le dije que se lo diera al profesor de la escuela, que era un regalo para todos. Liberado, me monté en Walkyria y me marché. Vaya, vaya, vaya, me dije, si es que no tenía que haberlo intentado aquí, me recriminaba, recordándome cuando, en Tanzania, ocurrió una escena similar con Mayte y los niños de una escuela. 
Lo que me costó que se estuviesen quietecitos para tomar esta foto...

Pero no acabó ahí la cosa, se ve que me había yo quedado así como frustrado, y volví a intentarlo, por tercera vez, en Goudomp, donde iba a quedarme a dormir. Esta vez son muy pocos, sólo seis, me dije, dándome ánimos. Además, fueron ellos mismos los que, hurga que te hurga en cada cachivache de mi bicicasa, señalaron la varilla de RobRobot. Esta es la mía. Y me dispuse, con toda la calma, a sacarlo, montarlo y empezar a dejarle que hablase, caminara, diese la mano –bueno, la tuerca- y saltase de cabecita en cabecita. Pues mira tú qué bien. Sale el búho y de nuevo gritos de terror cuando vuela hacia ellos –me encanta esta faceta sádica que despierta en mí un simple trozo de corcho con plumas de paloma pegadas-, pero cuando salió CeciArandelas su atención se había dirigido hacia otras áreas de la bici, que si el timbre, mi cámara de fotos… Resignado, pero algo satisfecho también, he de reconocerlo, guarde a mis chicos en su bolsa y me dispuse, como me pedían, a fotografiarles a cada uno con Walkyria. Sea.
Y fue.
Mis últimas, y simpáticas,estrellas del espectáculo
Y se marcharon, y llegó la noche, una vez más. Y una vez más, también, fui acogido por uno de los habitantes del lugar que, son suma hospitalidad, me llevó a su casa y me alojó y dio de cenar. Sentado en las sombras, degustando un vaso de agua fría y un bocadillo de cebolla frita con no sé  qué más, mientras se preparaba el cus cus con carne picante, observaba a la numerosa familia de mi anfitrión perseguirse, peinarse, cocinar, jugar, lavar. Un hervidero de gentes que se preparaban para lanzarse a la ansiada cena. Suspiré y miré a las estrellas. Hay días que vienen marcados por unos signos que, probablemente, puedan leerse en las nubes, en el poso del café o, por qué no, en los ojos de tornillo de un muñequito hecho con dos trozos de corcho…

Tanaf

El anfitrión reparte, con su mano derecha, trozos menudos de pescado sobre el arroz blanco. El cereal, más pequeño que el que usamos en España, llena casi hasta el borde el recipiente metálico que compartimos los tres hombres. Él come con la mano, el otro senegalés y yo; con cuchara. Cuando ve que nos hemos comido el trocito de pescado, con esa misma mano que rechupetea y sobre la que escupe los restos con espinas, nos vuelve a servir una nueva miniporción bañada, de vez en cuando, por la salsa picante que contiene un plato más pequeño, del que también sale el pescado, a sus pies. Escucho un chirriar y me digo que deben de ser columpios, en la casa de al lado, pero me llama la atención pues no he visto, hasta la fecha, ningún parque infantil. A medida que va oscureciendo - por eso he sido invitado a cenar, el Ramadán abre sus puertas a los estómagos vacíos musulmanes y, por extensión, a los de las personas cercanas- del árbol que está sobre nuestra cabeza se descuelgan, irregularmente, murciélagos del tamaño similar al de una paloma, dan un par de revoloteos y vuelven a su morada. Es entonces cuando descubro que son ellos quienes emiten ese chirriar casi metálico y no columpio alguno.
Al finalizar de comer, y dar las gracias, vuelvo a  mi choza, que sigue sin corriente eléctrica. De planta circular, alberga mi querida Walkyria y mis alforjas. Las decenas de hormigas con alas, que no cesaron de subirse por mis pies mientras me aseba, hace un rato, siguen poblando la estancia. No parece que el incienso espiralado, ahuyentamosquitos, que compré a Apaap en Dabo ahuyente a nadie. Lástima, quizás tenga que recurrir al asesino espray que compré en Missira - no me quedó más remedio pues en muchos lugares no tienen mosquiteras-, pero preferiría no hacerlo pues tengo la impresión de estar intoxicándome yo más que a aquéllos a quienes quiero matar.
Mal lavo la ropa en el cubo de plástico y la cuelgo. El cubo de plástico llenado con el agua del pozo que está fuera, junto a las cabañas, y que hay que subir a pulso pues no tiene instalada ninguna polea.
 Con este agua, la rutina cicloturista de cada noche: lavar -como se pueda- las prendas usadas ese día. Ochocientos kilómetros pedaleados ya. Ziguinchor, como quien dice, está a la vuelta de la esquina. Ziguinchor, desde donde cogeré el ferry para volver a Dakar. Ziguinchor -pronúnciese Tsiguinshoooooor, así estirando mucho la o-  la soñada, capital de la turbulenta Casamance, lugar de revueltas políticas, independentistas, en contra del gobierno central¨que parecen haberse amortiguado. Carreteras vigiladas, y cerradas a partir de las 20:00 horas, por el ejército. Sí, por esos señores que me han pasado varias veces en unos jeeps veloces, sentados en la parte trasera abierta, lateralmente, mientras, en el centro, uno de ellos, abierto de piernas, de pie, apoya sus manos sobre la ametralladora montada sobre el techo del vehículo. Casamance, región en la que, en ciertos lugares, aún hay minas antipersona ocultas, durmiendo un sueño presto a asesinar o mutilar a quien ose despertarlas. Minas como las que fabrican algunas empresas españolas, financiadas por la élite de nuestras entidades bancarias. Todo bajo una misma bandera, un mismo sol, que dice cooperar para el desarrollo de este país y que también dice velar por los derechos humanos... Pero también Ziguinchor, -perdón, Tsiguinshooooor- la hermosa, bañada por el impresionante río Casamance en el que hay una reserva de manatíes y en cuyo delta, cuando viajas a Dakar, dicen, te acompañan delfines.
Mis títeres en la parrilla del transportín, sin salir ya desde hace muchos días, pobres, para ver y disfrutar el país para el que fueron creados, pero a medida que pasaban los días, me daba cuenta de las causas por las que, cada vez, me sentía más reacio a lanzarme a la puesta en escena de mis obras. Varios son los motivos que servirán, en el futuro, para ser paliados, en la medida de lo posible, y continuar así con este bonito proyecto, sobre todo, en un país hispano o angloparlante.
Mis ojos se caen de sueño. Son las ocho y media y estoy reventado. En esta África de noches rotundas, compactas, sólidas, donde las personas luciérnaga se desplazan cada una con su linterna, y parece que no haya ánima viva -mentira, es cuando más bulle la vida por el permiso ramadanero- por las calles de los pueblos-chabola, el haberme levantado a las cinco, o seis, pasa factura pronto, muy pronto. Ajusto la mosquitera encajándola bajo el colchón, repaso que no tenga ningún agujero por el que penetren los griegos alados. Me tumbo y cierro los ojos. Tsiguinshoooooor susurran las aguas del río Casamance...

Casamance

Bajo la lluvia torrencial que nos estaba cayendo a todos, esta bonita serpiente -que aquí está aumentada, sería de aproximadamente cincuenta centímetros- se jugó la vida cruzando la carretera a la vez que dos camiones, en sentido contrario, aparecían en lontananza. Tuvo suerte y calculó bien trayectorias y velocidades...
Cómo disfrutaría Irene de las aves senegalesas...






¿Pies de árboles o patas de elefantes?



Un niño juega con dos trozos de rama a los que ha unido una ruedecilla dentada
Esta la saqué para que la viera Carmen, la profe de música del Zuloaga

Casamance, hogar de pescadores y atardeceres nublados

Otro nuevo hallazgo insecteril, de un rojo increíble


miércoles, 23 de julio de 2014

Basaris









Fantasmas

Eso somos cuando nos desplazamos en la moto de Hamed (el guía que he contratado) entrada ya la noche, por estos caminos de tierra apenas alumbrada por los faros de la motocicleta en la que vamos montados. Salemata no dispone de farolas, ni de asfalto. Las cabanias se desperdigan a lo ancho del espacio, integradas a la perfeccion en la naturaleza. Sobre nosotros, un cielo rebosante en exceso de estrellas. Hamed conduce, desde mi punto de vista, mas rapido de lo que debiera si tenemos en cuenta el alcance, en metros, de la mortecina luz del faro. Pero suelto tensión, el conoce a la perfeccion, me digo, cada arbol, cada surco y camino de esta su village. Llegamos al restaurante. Una mesa de plastico blanca, una mesa y un taburete, un plato de arroz con pescado picante, dos cucharas. Nos alumbra una debil bombilla de bajo consumo que sigue propiciando esta tenue visibilidad en la que siento que casi no soy real, que todo forma parte de un suenio. Hamed charla en español sobre politica, sobre nuevos y antiguos presidentes, utilizando insistentemente la formula “Esa es la razon por la cual” con una entonacion y diccion que, a fuerza de practica, son casi perfectas. No le ocurre lo mismo con los generos masculino y femenino que, traviesos, saltan de un sustantivo a otro mutandolos y, sobre todo, modificando sus sufijos –esa parte final de la palabra-, los cuales parecen permanecer fieles a su lengua materna, el frances, y que hace que este estudiante de español de 18 anios navegue, no sin cierta tensión, entre estas dos lenguas romances, el francés y el español, tan similares en ciertas ocasiones, como distintas en otras.
Tomada la cena nos dirigimos a su casa. Frontal en mano enfocando el suelo, nos cruzamos con personas que portan linternas en una suerte de escena que me recuerda a los acomodadores de cine de antanio, los cuales, alumbrando el suelo con su linterna, nos conducían a nuestra butaca en una sala completamente a oscuras que, progresivamente, iba aclarándose a medida que las retinas se acostumbraban. Asi también todos buscamos nuestras butacas, nuestras casas, en esta profusa oscuridad repleta de chozas y gentes, ninios y perros, motos y bicis, pues en Senegal se utiliza muchísimo la bicicleta.
Penetramos en el patio de la casa de Hamed. Un gran televisor inunda de imágenes de boxeo, producción japonesa, el espacio sociofamiliar. Sobre una tarima desvencijada de madera se encuentra un colchon, donde un numero indefinido de ninios ora habla, ora calla, ora juega. Dos adultos miran en silencio la película. La antena parabolica, blanca, colocada en el suelo, desentona profundamente con este escenario de tierra roja y vallas de mimbre. Los padres de mi guía se encuentran en el dormitorio, charlando, una amplia habitación ocupada, en su 70%, por una cama de dimensiones ciclópeas sobre la que tan pronto se siestea como, en el caso de los ninios, se dan volteretas. Un espejo de marco de madera marron y una nevera blanca, con un pestillo y candado adosados en uno de sus laterales, completan la escena. Pero ahora estoy fuera, sentado en una de las sillas, esperando a que el tio de Hamed, que ha trabajado en Espania desde hace muchos anios -y que habla nuestra lengua fluidamente- salga de ese dormitorio en el que hoy al mediodía comi mientras charlaba con el acerca de la situación laboral española –es conductor de maquinaria pesada en Catalunia- asi como de la poligamia, pues tiene dos esposas, cuatro ninios y esta pensando en casarse por tercera vez, ahora con una chica de aquí, de Salemata. Entre y sali de este tema cual malabarista, sin animo de ofender pero con intención de comprender, penetrar –aunque fuera de puntillas- esta misteriosa forma de relacionarse y vincularse. Sus dos mujeres viven juntas, y dijo que esto no supone problema alguno. Ellas no pueden tener ninguna otra relación, pero el puede tener cuatro esposas. Asi de sencillo. La religión lo permite, afirmo, con la dignidad y seguridad que le confieren estar siguiendo unas leyes divinas, y continuo diciendo que en su casa el es quien toma las decisiones escuchando, eso si, la opinión de sus esposas, pero siendo el único con poder decisorio real. Si alguna no esta de acuerdo, ahí tiene la puerta. Se vuelve con su familia, pero no se lleva los hijos, pues se quedan con su padre. Me costo trabajo mantenerme impasible y, en un momento dado, cuando hablamos de las relaciones en Espania, seniale que allí son muy complejas porque son, verdaderamente, relaciones, dado que se ha de llegar a acuerdos por parte de las dos personas que componen la pareja. Me parecio intuir su rechazo, pero tambien el midio sus argumentos –inteligente, despierto y espectador en primera persona de nuestra cultura y costumbres-, mordiéndose la lengua para no decir –que casi llego a decirlo- que toda esa complejidad y problemas se solventarían si el hombre tuviese allí el poder que ostenta aquí.

En la película japonesa, doblada al francés, el protagonista esta a punto de palmarla. Hecho un Cristo, con la nariz y ojo reventados, no es difícil imaginar el desenlace. A las hostias del mundo ficticio de este televisor gigante traido de Espania le corresponden las reales que se han iniciado entre los ninios del colchon. Cansados del escándalo, después de haberles avisado en varias ocasiones, uno de los adultos se levanta y pronto hay hostias para todos, dentro y fuera de la película simultáneamente. Los ninios, calientes, cesan, y lloran, y el personaje femenino de la película se suma a las lagrimas pues el boxeador; tal y como se preveía, ha muerto en el ring. Hamed y yo nos levantamos, quiero marcharme ya pues estoy muerto de suenio –este calor húmedo, sofocante, unido a la imperante oscuridad, me provocan una rapida somnolencia apenas el sol se ha marchado-, y me acompania al campamento en el que estoy alojado. Esta vez lo hacemos andando, pues la moto era de un amigo suyo. De nuevo recorremos las filas de butacas imaginarias en este campo comido por la negritud mas absoluta, y de nuevo la sensación de vaporosidad que me difumina. Apenas siento mis pies, mi cuerpo, desplazándose sobre la tierra roja. Escucho nuestras pisadas, a lo lejos, y entre brumas percibo con dificultad el rostro de Hamed. Algunos siglos mas tarde llegamos a mi campamento donde creo recordar que intercambiamos correos electrónicos y teléfonos, no estoy seguro. Luego, difusamente, el silencio, la mosquitera y el pegajoso calor adheriendose a mi cuerpo bronceado a trozos. Una tenue patina de sudor me sirve de pijama. Las aves nocturnas retoman sus sonidos, a los que se suma, en la mitad de la noche, el de alguien que corretea por el suelo de la habitación y sobre las bolsas de mi equipaje. Intento mantener mi atención, pero el suenio sigue cosiéndome al colchon, a la noche hasta que, paradójicamente, el fantasma se corporeiza en el mundo onírico y siente con mayor intensidad los suenios que lo componen que la conciencia de la que descansa…

lunes, 21 de julio de 2014

Ellos son asi










Los engendros que acechan en las letrinas



son seres que no apareceran, nunca, en un libro de biologia, pues no pertenecen a esta realidad, sino a un universo lovecraftiano –o a un comic de Conan- del cual emergen, al caer la noche, para poblar de sobresaltos los animos de los valerosos –o simplemente ingenuos- humanos que se atreven a penetrar en ellas.
Mi corazon aun late irregularmente, pues acabo de vivir una experiencia sobrenatural. Frontal en la cabeza, cepillito de dientes en la mano izquierda y botella de agua cogida con el brazo derecho, abri la portezuela de mimbre del toilette (con forma de cabania, pues guarda estetica con el resto del campamento), y mire al suelo porque vi algo moverse. Un ser oscuro, de un tiempo ignominioso, se arrastraba por el suelo con un numero indefinido –por tener plegadas algunas y desproporcionadas otras- de patas. Negro como el alquitran, brillante por mi luz enfocandole, detuvo su precipitada marcha, esperando mi reaccion. Anonadado por su tamanio y dudando acerca de si situarlo en el reino de los megaaracnidos o, directamente, en el de los insectos de pesadilla, de repente, PLAF, algo cayo del techo. El golpe seco de un cuerpo, como de filete de 500 gramos, contra el suelo, y su posterior carrera reptiliana me lleno de pavor, pues la forma conica que coronaba la edificacion -de la cual tan patosamente habia caido- podia albergar mil y una criaturas demoniacas mas. Sin atreverme a mirar hacia arriba –cosa que hubiese hecho cualquier prota de peli de miedo- y sintiendo un escalofrio juguetearme la coronilla, sali inmediatamente de la cabanita, temiendo sentir, en cualquier momento, el impacto de otro cuerpo sobre mi espalda, cabeza u hombros.
Los seres que acechan en las letrinas habran vuelto, lentamente, cada uno, a su puesto para esperar, pacientemente, a que otra mano inocente abra de nuevo la puerta para dotarles, una vez mas, de vida… y de muerte…

!Tabano a babor !



!No, a estribor ! !Me atacan, me atacan ! !Meidei, meidei ! El publico se rie mientras el molesto y mordiscon insecto se adhiere, como una lapa, tan pronto a mi munieca como a mi tobillo o chichatiernajuntoalcodo. Las bofetadas que, en balde, me doy a mi mismo para matarle no hacen sino corroborar, una vez mas, mi teoria: los insectos chupasangres precisan que ablandes tus propias carnes para que puedan introducir mejor el aguijon. Asi de perversos, inteligentes y practicos son. Una miriada de ojillos diminutos observan con orgullo la escena. Sentados en sus butacas, restriegan de placer sus cuerpos queratinosos propiciandoles un brillo inintencionado. Con extremada tension – y atencion a la pista de tierra roja inundada por las lluvias de ayer- voy soltando el manillar con la mano pertinente para seguir arreando zurriagazos inutiles. Zas, zas, plof, plaf: Todo es en vano, no le cazo, y ya me ha causado un potente hinchazon en uno de los antebrazos. Voy a 16 por hora y el muy malvado sigue aquí, alojado en algun lugar de mi propia bicicleta, saltando cual Tom Cruise Tabanero a mi cuerpo, mientras la B.S.O. de su Mision Muy Molestosamente Posible resuena entre manotazo, insulto y rabieta humanos. Al final me la voy a pegar, concluyo, y decido pararme. La audiencia encoge sus patitas en las butacas. Nadie coge un solo frito de hierba. Pies en tierra, espero; cargado de odio y supremacía intelectual.  Saldras, susurro, No podras evitarlo. Los botes de zumo de flor salvaje son sorbidos con pasion. Miles de ojos y millones de patas se paralizan. Sucumbiendo a la orden de una mente superior, el bichejo se posa en mi antebrazo izquierdo. El publico tabanero contiene el aliento. Un exaltado grita exhortandole para que salga cuanto antes de alli.
Una mano de varias toneladas, a una velocidad supersonica, aplasta para siempre su ansia y abuso de sangre ajena. Gran exclamacion. El cuerpo cae al suelo practicamente sin vida, donde la rueda delantera de la bicicleta le convierte en sello de correos. La musica cesa. El heroe queda tendido junto a un charco. El humano sigue su camino, satisfecho y tranquilo… El publico, silencioso y decepcionado, vuelve a sus ramas y piedras.