Hay días que
vienen marcados por unos signos que, probablemente, puedan leerse en las nubes,
en el poso del café o quizás, incluso, aparezcan escritos con piedrecitas en la
pista de tierra que pedaleas. Como quiera que sea, si no tienes la fortuna de
descifrar el mensaje a tiempo, te verás abocado a repetir una acción que ese
día en concreto tiene vetada. Eso ocurrió ayer. Tras salir de Tanaf sin
desayunar, y llevar ya más de 10 kilómetros de ruta hechos, decidí pararme en
una de las pequeñas aldeas de las que atravieso, a decenas, cada día, para
buscar algo caliente que echarme al estómago. Resultó que uno de los hombres a
los que me dirigí sabía hablar inglés, y no era casualidad porque se trataba
del director de la escuela del lugar, la cual, por cierto, está subvencionada
por el gobierno español.
Este señor, con una amabilidad que no es nada
extraordinaria en Senegal, me condujo hasta un establecimiento en el que se me
preparó un delicioso café touba –una suerte de café al que añaden alguna
especie no identificada, que es hiperdulce y al que no echan nada de leche-.
Sentadito en las sombras, repitiendo hasta la saciedad en un francés que ya lo
quisiera para sí mismo Deppardieu –ye ne compré pa fransé- a propios y extraños
que por aquellos lares aparecían y me hablaban, se me ocurrió que, finalizando
la amable ingesta -pues fui invitado-,
compensaría el detalle haciendo una de mis funciones titiriteras para los niños
que, fijos sus ojos en cada sorbo que daba al líquido o rascada que recibía mi
nalga –ay, malditos mosquitos, que no descansáis ni un momento-, allí se
encontraban. Calculé que habría, más o menos, diez, así que, al levantarme,
compré 5 paquetes de galletitas. Como cada una tiene cuatro, pensé, aunque
vengan más, hay de sobra para todos. Craso error, amigo Walter. Olvidaste que
la capacidad de multiplicación del niño africano rebasa cualquier cálculo
matemático.
Compradas las
galletas, me dirigí a mi bici. Me pongo a remolonear, mis manos empiezan a
sacar, y montar, a RobRobot cuando, hete aquí que ese chico, un tanto pesadito,
que me había encontrado en la carretera hace un rato, y que conducía una moto,
estaba a mi lado, volviendo a la carga con el francés, y mira que, hastiado por
su incapacidad para asumir la realidad, llegué a hablarle en español para ver
si comprendía, a través de su incomprensión, que yo no comprendía. Decía que
allí le teníamos al muchacho de nuevo, sonriente y dándole a la lengua de
Cyrano con un desparpajo nada despreciable. Y yo con el muñequito en la mano, a
medio salir y medio entrar. Bueno, pues nada, dejémosle que se explaye y
tranquilice. Aprovechemos el tiempo dando galletitas a los niños. Una
galletita, dos galletitas, tres galletitas. El monstruo de los teleñecos se
quedó sin poder seguir contando y repartiendo galletitas porque allí ya había, por lo menos,
cuarenta niños. Bueno, bueno, pues sigamos con el intento titiritero. Vuelvo a
por el muñeco. El menda parlanchín que sigue a mi lado, mirándome, y otro
chaval también, que señala al cuentakilómetros de la bici. Sonrío, amablemente,
con las varillas del títere quietecitas cuando, zas, plof, plaf, reniegos y forcejeos,
suspiros y estrangulamientos. Dos chicos del público potencial, de los mayores,
se están zurrando de lo lindo. Les chisto para que cesen las hostilidades, pero
no hay manera, están como dos cangrejos entenazados el uno al otro.
Desmoralizado, me digo que elegí un mal día para representar de nuevo una obra
titiriteril, me monto en la bici y me marcho.
Pasados unos 20
kilómetros, atravesé un pueblo en el que había una chiquillería impresionante
jugando al fútbol. Me gritaron para que me detuviese. Decidí que sería un buen
lugar no sólo para hacer una de las obras –me había quedado así como con
ganillas- sino, además, para darles los dibujos que hicieron mis alumnos del
Zuloaga para los niños de Senegal e, incluso, si me apuras, para regalar la
bolsa de títeres de Javi. Tres en uno, me dije, y baje de la bici dudando si querían
que jugase yo también o no al fútbol. Una vez más, y en contra de lo que deseaba,
me cedieron un lugar de honor –una de las dos sillas de plástico que había bajo
un árbol- para ver el partido que iba a comenzar. Incómodo por esa situación privilegiada
de blancosentadoensilla, intenté relajarme y disfrutar del encuentro. Me alegré
de no haber sido invitado a jugar, pues me habrían reventado y, además, con lo
que me gusta a mí el fútbol... Empujones, revolcones varios, cabezazos que dejaban
medio turulato al jugador en el suelo… Bueno, bueno, qué interesante, sonreí,
mirando a mi alrededor. Si no había cincuenta niños, de todas las edades, no había
ninguno. Recordé a David Redondo, e imaginé cómo se sentiría estando en mi
lugar en ese mismo momento… Pasado un rato, decidí lanzarme a mi aventura
particular. Me levanté, di las gracias una y mil veces, mersí, mersi bocú, y me
dirigí a mi bicicleta-teatro. Decidí empezar, una vez más, caballo ganador, con
la cuerda y algunos juegos de magia para cautivar su atención y crear atmósfera.
La cosa funcionó, aunque el público que iba llegando cada vez más y más, a
pesar de mis indicaciones para que se pusieran delante, hicieron oídos sordos y
pronto fui, como el general Custer, rodeado. Los títeres hicieron aparición. El
ratoncillo despierta sonrisas y el ave, miedos. Persigo a algunos, que corren
realmente despavoridos, con mi búhotapóndecorcho, y luego RobRobot intenta, en
balde, hacerse escuchar. Ya han empezado los empujones, los echarse encima de
la bici a pesar de que les indico que se separen. Nada, chico, que no hay
manera, como burros. Impotente, detengo la obra y me dispongo a regalar los
dibujos. En buena hora. Codazos en las muelas y trompazos a lo Bud Spencer
empiezan a caer, como es habitual, hacia
abajo, que es el camino más recto auspiciado por una gravedad que nada sabe de
injusticias de edad y/o tamaño. Los pequeños se están llevando la peor parte.
Me pongo serio, intento que hagan una fila. Algunos obedecen, otros; no. La
repartición de los dibujos se ve interrumpida y reiniciada en varias ocasiones,
y la tensión va en aumento.
| Algunos dibujos, los títeres y muchas caras espachurradas |
Decenas de palmas de manos, ojos suplicantes y cráneos
espachurrados se abren ante mí. Incapaz de soportarlo más, e invitado por
alguno de los mayores a que me marche, pues saben que aquello es ya
ingobernable, decido ir a la fase tres, la del regalo de la bolsita con un
surtido de títeres de dedo –león,
elefante, ranita…- que Javier me dio para “que no regresara a España”, y esta
vez lo hice bien: me dirigí a uno de los mayores que medio controlaba el inglés
y le dije que se lo diera al profesor de la escuela, que era un regalo para
todos. Liberado, me monté en Walkyria y me marché. Vaya, vaya, vaya, me dije,
si es que no tenía que haberlo intentado aquí, me recriminaba, recordándome cuando,
en Tanzania, ocurrió una escena similar con Mayte y los niños de una escuela.
| Lo que me costó que se estuviesen quietecitos para tomar esta foto... |
Pero no acabó ahí
la cosa, se ve que me había yo quedado así como frustrado, y volví a
intentarlo, por tercera vez, en Goudomp, donde iba a quedarme a dormir. Esta
vez son muy pocos, sólo seis, me dije, dándome ánimos. Además, fueron ellos
mismos los que, hurga que te hurga en cada cachivache de mi bicicasa, señalaron
la varilla de RobRobot. Esta es la mía. Y me dispuse, con toda la calma, a
sacarlo, montarlo y empezar a dejarle que hablase, caminara, diese la mano –bueno,
la tuerca- y saltase de cabecita en cabecita. Pues mira tú qué bien. Sale el
búho y de nuevo gritos de terror cuando vuela hacia ellos –me encanta esta
faceta sádica que despierta en mí un simple trozo de corcho con plumas de
paloma pegadas-, pero cuando salió CeciArandelas su atención se había dirigido
hacia otras áreas de la bici, que si el timbre, mi cámara de fotos… Resignado,
pero algo satisfecho también, he de reconocerlo, guarde a mis chicos en su
bolsa y me dispuse, como me pedían, a fotografiarles a cada uno con Walkyria.
Sea.
Y se marcharon, y
llegó la noche, una vez más. Y una vez más, también, fui acogido por uno de los
habitantes del lugar que, son suma hospitalidad, me llevó a su casa y me alojó
y dio de cenar. Sentado en las sombras, degustando un vaso de agua fría y un
bocadillo de cebolla frita con no sé qué
más, mientras se preparaba el cus cus con carne picante, observaba a la
numerosa familia de mi anfitrión perseguirse, peinarse, cocinar, jugar, lavar.
Un hervidero de gentes que se preparaban para lanzarse a la ansiada cena.
Suspiré y miré a las estrellas. Hay días que vienen marcados por unos signos
que, probablemente, puedan leerse en las nubes, en el poso del café o, por qué
no, en los ojos de tornillo de un muñequito hecho con dos trozos de corcho…