miércoles, 2 de julio de 2014

La semilla




 Cuando nos estamos aproximando a la entrada del parque nacional de Arusha, cuesta arriba, a Julieta no le cambian los platos. Bajamos, miramos, tensamos, pero la cosa no funciona. Necesitamos a Pedro, que va delante. Subo a mi bici y pedaleo unos minutos, para alcanzar la cabecera del pelotón. Los árboles envuelven el camino. En el fondo, mirándome con altivez, se encuentra el pico Mehru, de 4.556 metros, teñido de azul oscuro. Encuentro al resto del grupo a la sombra, junto a una edificación blanca, con grietas, de una sola planta, delante de la cual se amontonan decenas de niños, unos de pie, otros sentados, todos inmóviles, observándonos. Mayte se encuentra hablando con un adulto, bajo el soportal de entrada. Es un orfanato. Le explico a Pedro lo que sucede y, tras montar en su bicicleta, se marcha en busca de Julieta. Las miradas de estos niños están perdidas en el suelo, otros, los que nos observan, lo hacen desde una lánguida distancia. Estamos a años luz de ellos, en medio se extiende un inmenso espacio de tristeza y una suerte de resignación fruto de las experiencias con las que la vida les está castigando. El SIDA está barriendo África con una escoba de muerte que atraviesa familias enteras, millones de niños son huérfanos y se encuentran bajo la tutela de las abuelas u otros adultos, que cuidan cada uno de una multitud de pequeños. Hay dos chicas jóvenes, blancas, entre ellos, dos alemanas que llevan varios meses trabajando como voluntarias en este lugar. Una de ellas se está despidiendo, se marcha, ha finalizado su período aquí. Los abraza, los besa, pero ellos no responden, no se mueven, son como muñecos de trapo zarandeados por un cariño que no parecen poder expresar o, lo que es más terrible aún, ni siquiera poder sentir. Son cuerpos sin vida. No hay risas, ni lágrimas, ni muestra alguna de afectividad. Acostumbrado a tratar con niños, y ver cuan cariñosos son, o recordando el modo en que en otros países empobrecidos todos nos saludaban, perseguían o, incluso, nos pedían cosas cuando nos veían acercarnos pedaleando, me resulta desconcertante ver estos niños mustios, vegetales. Un pequeño repite, insistentemente, "Bye!", incluso antes de que hayamos decidido marcharnos, y le da un toque de mayor desamparo a la escena. Nos dice adiós una y otra vez, sin sentido, pero en esa despedida anticipada, de manera inconsciente, quizás se visibilice esa soledad a la que me temo están acostumbrados, condenados, me atrevería a decir. No hay lloros ni abrazos para una chica que les ha tratado durante dos meses, solo silencio y brazos inertes. África mira con un total desinterés, con un angustioso desamparo para el espectador, cómo Europa -el denominado mundo desarrollado- se marcha y la deja sola, a su triste suerte, una vez más. He entregado al adulto que atendía a Mayte la bolsa llena de bolígrafos que he traído para regalar, pero no siento ninguna alegría en mi corazón, incluso un tinte de cierta culpabilidad se derrama, negra, sobre él...  Seguimos pedaleando. Cabañas de madera, carteles de Coca Cola por todas partes, móviles, vacas, verdura expuesta sobre tablones de madera en un puesto junto al camino de tierra roja... Las personas apenas nos saludan. Se cierne sobre esta zona una nube de indiferencia hacia nosotros. De repente, desde lo alto de un terraplén, un pequeño de no más de dos años, de pie, con su ropa cubierta de polvo, alza su mano y la mueve a un lado y otro, invitándonos a saludarle. Suelto conmovido una de las manos del manillar y le correspondo. El sol vuelve a brillar sobre África. El sol vuelve a brillar sobre mi corazón.

Arusha, Tanzania, 26-7-2011

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