Eso somos cuando nos desplazamos en la moto de Hamed (el guía que he
contratado) entrada ya la noche, por estos caminos de tierra apenas alumbrada
por los faros de la motocicleta en la que vamos montados. Salemata no dispone
de farolas, ni de asfalto. Las cabanias se desperdigan a lo ancho del espacio,
integradas a la perfeccion en la naturaleza. Sobre nosotros, un cielo rebosante
en exceso de estrellas. Hamed conduce, desde mi punto de vista, mas rapido de
lo que debiera si tenemos en cuenta el alcance, en metros, de la mortecina luz
del faro. Pero suelto tensión, el conoce a la perfeccion, me digo, cada arbol,
cada surco y camino de esta su village. Llegamos al restaurante. Una mesa de
plastico blanca, una mesa y un taburete, un plato de arroz con pescado picante,
dos cucharas. Nos alumbra una debil bombilla de bajo consumo que sigue
propiciando esta tenue visibilidad en la que siento que casi no soy real, que
todo forma parte de un suenio. Hamed charla en español sobre politica, sobre
nuevos y antiguos presidentes, utilizando insistentemente la formula “Esa es la
razon por la cual” con una entonacion y diccion que, a fuerza de practica, son
casi perfectas. No le ocurre lo mismo con los generos masculino y femenino que,
traviesos, saltan de un sustantivo a otro mutandolos y, sobre todo, modificando
sus sufijos –esa parte final de la palabra-, los cuales parecen permanecer
fieles a su lengua materna, el frances, y que hace que este estudiante de español
de 18 anios navegue, no sin cierta tensión, entre estas dos lenguas romances,
el francés y el español, tan similares en ciertas ocasiones, como distintas en
otras.
Tomada la cena nos dirigimos a su casa. Frontal en mano enfocando el suelo,
nos cruzamos con personas que portan linternas en una suerte de escena que me
recuerda a los acomodadores de cine de antanio, los cuales, alumbrando el suelo
con su linterna, nos conducían a nuestra butaca en una sala completamente a
oscuras que, progresivamente, iba aclarándose a medida que las retinas se
acostumbraban. Asi también todos buscamos nuestras butacas, nuestras casas, en
esta profusa oscuridad repleta de chozas y gentes, ninios y perros, motos y
bicis, pues en Senegal se utiliza muchísimo la bicicleta.
Penetramos en el patio de la casa de Hamed. Un gran televisor inunda de imágenes
de boxeo, producción japonesa, el espacio sociofamiliar. Sobre una tarima desvencijada
de madera se encuentra un colchon, donde un numero indefinido de ninios ora
habla, ora calla, ora juega. Dos adultos miran en silencio la película. La
antena parabolica, blanca, colocada en el suelo, desentona profundamente con
este escenario de tierra roja y vallas de mimbre. Los padres de mi guía se
encuentran en el dormitorio, charlando, una amplia habitación ocupada, en su
70%, por una cama de dimensiones ciclópeas sobre la que tan pronto se siestea como,
en el caso de los ninios, se dan volteretas. Un espejo de marco de madera
marron y una nevera blanca, con un pestillo y candado adosados en uno de sus
laterales, completan la escena. Pero ahora estoy fuera, sentado en una de las
sillas, esperando a que el tio de Hamed, que ha trabajado en Espania desde hace
muchos anios -y que habla nuestra lengua fluidamente- salga de ese dormitorio
en el que hoy al mediodía comi mientras charlaba con el acerca de la situación laboral
española –es conductor de maquinaria pesada en Catalunia- asi como de la
poligamia, pues tiene dos esposas, cuatro ninios y esta pensando en casarse por
tercera vez, ahora con una chica de aquí, de Salemata. Entre y sali de este
tema cual malabarista, sin animo de ofender pero con intención de comprender,
penetrar –aunque fuera de puntillas- esta misteriosa forma de relacionarse y
vincularse. Sus dos mujeres viven juntas, y dijo que esto no supone problema
alguno. Ellas no pueden tener ninguna otra relación, pero el puede tener cuatro
esposas. Asi de sencillo. La religión lo permite, afirmo, con la dignidad y seguridad que le confieren estar siguiendo unas leyes divinas, y continuo diciendo que en su casa el es quien toma las decisiones escuchando, eso si, la opinión de sus esposas, pero siendo el único con poder decisorio
real. Si alguna no esta de acuerdo, ahí tiene la puerta. Se vuelve con su familia,
pero no se lleva los hijos, pues se quedan con su padre. Me costo trabajo
mantenerme impasible y, en un momento dado, cuando hablamos de las relaciones
en Espania, seniale que allí son muy complejas porque son, verdaderamente,
relaciones, dado que se ha de llegar a acuerdos por parte de las dos personas
que componen la pareja. Me parecio intuir su rechazo, pero tambien el midio sus
argumentos –inteligente, despierto y espectador en primera persona de nuestra
cultura y costumbres-, mordiéndose la lengua para no decir –que casi llego a decirlo-
que toda esa complejidad y problemas se solventarían si el hombre tuviese allí el
poder que ostenta aquí.
En la película japonesa, doblada al francés, el protagonista esta a punto
de palmarla. Hecho un Cristo, con la nariz y ojo reventados, no es difícil imaginar
el desenlace. A las hostias del mundo ficticio de este televisor gigante traido
de Espania le corresponden las reales que se han iniciado entre los ninios del
colchon. Cansados del escándalo, después de haberles avisado en varias
ocasiones, uno de los adultos se levanta y pronto hay hostias para todos, dentro
y fuera de la película simultáneamente. Los ninios, calientes, cesan, y lloran,
y el personaje femenino de la película se suma a las lagrimas pues el boxeador;
tal y como se preveía, ha muerto en el ring. Hamed y yo nos levantamos, quiero
marcharme ya pues estoy muerto de suenio –este calor húmedo, sofocante, unido a
la imperante oscuridad, me provocan una rapida somnolencia apenas el sol se ha
marchado-, y me acompania al campamento en el que estoy alojado. Esta vez lo
hacemos andando, pues la moto era de un amigo suyo. De nuevo recorremos las
filas de butacas imaginarias en este campo comido por la negritud mas absoluta,
y de nuevo la sensación de vaporosidad que me difumina. Apenas siento mis pies,
mi cuerpo, desplazándose sobre la tierra roja. Escucho nuestras pisadas, a lo
lejos, y entre brumas percibo con dificultad el rostro de Hamed. Algunos siglos
mas tarde llegamos a mi campamento donde creo recordar que intercambiamos
correos electrónicos y teléfonos, no estoy seguro. Luego, difusamente, el
silencio, la mosquitera y el pegajoso calor adheriendose a mi cuerpo bronceado
a trozos. Una tenue patina de sudor me sirve de pijama. Las aves nocturnas
retoman sus sonidos, a los que se suma, en la mitad de la noche, el de alguien que
corretea por el suelo de la habitación y sobre las bolsas de mi equipaje.
Intento mantener mi atención, pero el suenio sigue cosiéndome al colchon, a la
noche hasta que, paradójicamente, el fantasma se corporeiza en el mundo onírico
y siente con mayor intensidad los suenios que lo componen que la conciencia de
la que descansa…
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