miércoles, 23 de julio de 2014

Fantasmas

Eso somos cuando nos desplazamos en la moto de Hamed (el guía que he contratado) entrada ya la noche, por estos caminos de tierra apenas alumbrada por los faros de la motocicleta en la que vamos montados. Salemata no dispone de farolas, ni de asfalto. Las cabanias se desperdigan a lo ancho del espacio, integradas a la perfeccion en la naturaleza. Sobre nosotros, un cielo rebosante en exceso de estrellas. Hamed conduce, desde mi punto de vista, mas rapido de lo que debiera si tenemos en cuenta el alcance, en metros, de la mortecina luz del faro. Pero suelto tensión, el conoce a la perfeccion, me digo, cada arbol, cada surco y camino de esta su village. Llegamos al restaurante. Una mesa de plastico blanca, una mesa y un taburete, un plato de arroz con pescado picante, dos cucharas. Nos alumbra una debil bombilla de bajo consumo que sigue propiciando esta tenue visibilidad en la que siento que casi no soy real, que todo forma parte de un suenio. Hamed charla en español sobre politica, sobre nuevos y antiguos presidentes, utilizando insistentemente la formula “Esa es la razon por la cual” con una entonacion y diccion que, a fuerza de practica, son casi perfectas. No le ocurre lo mismo con los generos masculino y femenino que, traviesos, saltan de un sustantivo a otro mutandolos y, sobre todo, modificando sus sufijos –esa parte final de la palabra-, los cuales parecen permanecer fieles a su lengua materna, el frances, y que hace que este estudiante de español de 18 anios navegue, no sin cierta tensión, entre estas dos lenguas romances, el francés y el español, tan similares en ciertas ocasiones, como distintas en otras.
Tomada la cena nos dirigimos a su casa. Frontal en mano enfocando el suelo, nos cruzamos con personas que portan linternas en una suerte de escena que me recuerda a los acomodadores de cine de antanio, los cuales, alumbrando el suelo con su linterna, nos conducían a nuestra butaca en una sala completamente a oscuras que, progresivamente, iba aclarándose a medida que las retinas se acostumbraban. Asi también todos buscamos nuestras butacas, nuestras casas, en esta profusa oscuridad repleta de chozas y gentes, ninios y perros, motos y bicis, pues en Senegal se utiliza muchísimo la bicicleta.
Penetramos en el patio de la casa de Hamed. Un gran televisor inunda de imágenes de boxeo, producción japonesa, el espacio sociofamiliar. Sobre una tarima desvencijada de madera se encuentra un colchon, donde un numero indefinido de ninios ora habla, ora calla, ora juega. Dos adultos miran en silencio la película. La antena parabolica, blanca, colocada en el suelo, desentona profundamente con este escenario de tierra roja y vallas de mimbre. Los padres de mi guía se encuentran en el dormitorio, charlando, una amplia habitación ocupada, en su 70%, por una cama de dimensiones ciclópeas sobre la que tan pronto se siestea como, en el caso de los ninios, se dan volteretas. Un espejo de marco de madera marron y una nevera blanca, con un pestillo y candado adosados en uno de sus laterales, completan la escena. Pero ahora estoy fuera, sentado en una de las sillas, esperando a que el tio de Hamed, que ha trabajado en Espania desde hace muchos anios -y que habla nuestra lengua fluidamente- salga de ese dormitorio en el que hoy al mediodía comi mientras charlaba con el acerca de la situación laboral española –es conductor de maquinaria pesada en Catalunia- asi como de la poligamia, pues tiene dos esposas, cuatro ninios y esta pensando en casarse por tercera vez, ahora con una chica de aquí, de Salemata. Entre y sali de este tema cual malabarista, sin animo de ofender pero con intención de comprender, penetrar –aunque fuera de puntillas- esta misteriosa forma de relacionarse y vincularse. Sus dos mujeres viven juntas, y dijo que esto no supone problema alguno. Ellas no pueden tener ninguna otra relación, pero el puede tener cuatro esposas. Asi de sencillo. La religión lo permite, afirmo, con la dignidad y seguridad que le confieren estar siguiendo unas leyes divinas, y continuo diciendo que en su casa el es quien toma las decisiones escuchando, eso si, la opinión de sus esposas, pero siendo el único con poder decisorio real. Si alguna no esta de acuerdo, ahí tiene la puerta. Se vuelve con su familia, pero no se lleva los hijos, pues se quedan con su padre. Me costo trabajo mantenerme impasible y, en un momento dado, cuando hablamos de las relaciones en Espania, seniale que allí son muy complejas porque son, verdaderamente, relaciones, dado que se ha de llegar a acuerdos por parte de las dos personas que componen la pareja. Me parecio intuir su rechazo, pero tambien el midio sus argumentos –inteligente, despierto y espectador en primera persona de nuestra cultura y costumbres-, mordiéndose la lengua para no decir –que casi llego a decirlo- que toda esa complejidad y problemas se solventarían si el hombre tuviese allí el poder que ostenta aquí.

En la película japonesa, doblada al francés, el protagonista esta a punto de palmarla. Hecho un Cristo, con la nariz y ojo reventados, no es difícil imaginar el desenlace. A las hostias del mundo ficticio de este televisor gigante traido de Espania le corresponden las reales que se han iniciado entre los ninios del colchon. Cansados del escándalo, después de haberles avisado en varias ocasiones, uno de los adultos se levanta y pronto hay hostias para todos, dentro y fuera de la película simultáneamente. Los ninios, calientes, cesan, y lloran, y el personaje femenino de la película se suma a las lagrimas pues el boxeador; tal y como se preveía, ha muerto en el ring. Hamed y yo nos levantamos, quiero marcharme ya pues estoy muerto de suenio –este calor húmedo, sofocante, unido a la imperante oscuridad, me provocan una rapida somnolencia apenas el sol se ha marchado-, y me acompania al campamento en el que estoy alojado. Esta vez lo hacemos andando, pues la moto era de un amigo suyo. De nuevo recorremos las filas de butacas imaginarias en este campo comido por la negritud mas absoluta, y de nuevo la sensación de vaporosidad que me difumina. Apenas siento mis pies, mi cuerpo, desplazándose sobre la tierra roja. Escucho nuestras pisadas, a lo lejos, y entre brumas percibo con dificultad el rostro de Hamed. Algunos siglos mas tarde llegamos a mi campamento donde creo recordar que intercambiamos correos electrónicos y teléfonos, no estoy seguro. Luego, difusamente, el silencio, la mosquitera y el pegajoso calor adheriendose a mi cuerpo bronceado a trozos. Una tenue patina de sudor me sirve de pijama. Las aves nocturnas retoman sus sonidos, a los que se suma, en la mitad de la noche, el de alguien que corretea por el suelo de la habitación y sobre las bolsas de mi equipaje. Intento mantener mi atención, pero el suenio sigue cosiéndome al colchon, a la noche hasta que, paradójicamente, el fantasma se corporeiza en el mundo onírico y siente con mayor intensidad los suenios que lo componen que la conciencia de la que descansa…

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