sábado, 26 de julio de 2014

Títeres y golpes



Hay días que vienen marcados por unos signos que, probablemente, puedan leerse en las nubes, en el poso del café o quizás, incluso, aparezcan escritos con piedrecitas en la pista de tierra que pedaleas. Como quiera que sea, si no tienes la fortuna de descifrar el mensaje a tiempo, te verás abocado a repetir una acción que ese día en concreto tiene vetada. Eso ocurrió ayer. Tras salir de Tanaf sin desayunar, y llevar ya más de 10 kilómetros de ruta hechos, decidí pararme en una de las pequeñas aldeas de las que atravieso, a decenas, cada día, para buscar algo caliente que echarme al estómago. Resultó que uno de los hombres a los que me dirigí sabía hablar inglés, y no era casualidad porque se trataba del director de la escuela del lugar, la cual, por cierto, está subvencionada por el gobierno español.
 Este señor, con una amabilidad que no es nada extraordinaria en Senegal, me condujo hasta un establecimiento en el que se me preparó un delicioso café touba –una suerte de café al que añaden alguna especie no identificada, que es hiperdulce y al que no echan nada de leche-. Sentadito en las sombras, repitiendo hasta la saciedad en un francés que ya lo quisiera para sí mismo Deppardieu –ye ne compré pa fransé- a propios y extraños que por aquellos lares aparecían y me hablaban, se me ocurrió que, finalizando la amable ingesta  -pues fui invitado-, compensaría el detalle haciendo una de mis funciones titiriteras para los niños que, fijos sus ojos en cada sorbo que daba al líquido o rascada que recibía mi nalga –ay, malditos mosquitos, que no descansáis ni un momento-, allí se encontraban. Calculé que habría, más o menos, diez, así que, al levantarme, compré 5 paquetes de galletitas. Como cada una tiene cuatro, pensé, aunque vengan más, hay de sobra para todos. Craso error, amigo Walter. Olvidaste que la capacidad de multiplicación del niño africano rebasa cualquier cálculo matemático.
Compradas las galletas, me dirigí a mi bici. Me pongo a remolonear, mis manos empiezan a sacar, y montar, a RobRobot cuando, hete aquí que ese chico, un tanto pesadito, que me había encontrado en la carretera hace un rato, y que conducía una moto, estaba a mi lado, volviendo a la carga con el francés, y mira que, hastiado por su incapacidad para asumir la realidad, llegué a hablarle en español para ver si comprendía, a través de su incomprensión, que yo no comprendía. Decía que allí le teníamos al muchacho de nuevo, sonriente y dándole a la lengua de Cyrano con un desparpajo nada despreciable. Y yo con el muñequito en la mano, a medio salir y medio entrar. Bueno, pues nada, dejémosle que se explaye y tranquilice. Aprovechemos el tiempo dando galletitas a los niños. Una galletita, dos galletitas, tres galletitas. El monstruo de los teleñecos se quedó sin poder seguir contando y repartiendo  galletitas porque allí ya había, por lo menos, cuarenta niños. Bueno, bueno, pues sigamos con el intento titiritero. Vuelvo a por el muñeco. El menda parlanchín que sigue a mi lado, mirándome, y otro chaval también, que señala al cuentakilómetros de la bici. Sonrío, amablemente, con las varillas del títere quietecitas cuando, zas, plof, plaf, reniegos y forcejeos, suspiros y estrangulamientos. Dos chicos del público potencial, de los mayores, se están zurrando de lo lindo. Les chisto para que cesen las hostilidades, pero no hay manera, están como dos cangrejos entenazados el uno al otro. Desmoralizado, me digo que elegí un mal día para representar de nuevo una obra titiriteril, me monto en la bici y me marcho.
Pasados unos 20 kilómetros, atravesé un pueblo en el que había una chiquillería impresionante jugando al fútbol. Me gritaron para que me detuviese. Decidí que sería un buen lugar no sólo para hacer una de las obras –me había quedado así como con ganillas- sino, además, para darles los dibujos que hicieron mis alumnos del Zuloaga para los niños de Senegal e, incluso, si me apuras, para regalar la bolsa de títeres de Javi. Tres en uno, me dije, y baje de la bici dudando si querían que jugase yo también o no al fútbol. Una vez más, y en contra de lo que deseaba, me cedieron un lugar de honor –una de las dos sillas de plástico que había bajo un árbol- para ver el partido que iba a comenzar. Incómodo por esa situación privilegiada de blancosentadoensilla, intenté relajarme y disfrutar del encuentro. Me alegré de no haber sido invitado a jugar, pues me habrían reventado y, además, con lo que me gusta a mí el fútbol... Empujones, revolcones varios, cabezazos que dejaban medio turulato al jugador en el suelo… Bueno, bueno, qué interesante, sonreí, mirando a mi alrededor. Si no había cincuenta niños, de todas las edades, no había ninguno. Recordé a David Redondo, e imaginé cómo se sentiría estando en mi lugar en ese mismo momento… Pasado un rato, decidí lanzarme a mi aventura particular. Me levanté, di las gracias una y mil veces, mersí, mersi bocú, y me dirigí a mi bicicleta-teatro. Decidí empezar, una vez más, caballo ganador, con la cuerda y algunos juegos de magia para cautivar su atención y crear atmósfera. La cosa funcionó, aunque el público que iba llegando cada vez más y más, a pesar de mis indicaciones para que se pusieran delante, hicieron oídos sordos y pronto fui, como el general Custer, rodeado. Los títeres hicieron aparición. El ratoncillo despierta sonrisas y el ave, miedos. Persigo a algunos, que corren realmente despavoridos, con mi búhotapóndecorcho, y luego RobRobot intenta, en balde, hacerse escuchar. Ya han empezado los empujones, los echarse encima de la bici a pesar de que les indico que se separen. Nada, chico, que no hay manera, como burros. Impotente, detengo la obra y me dispongo a regalar los dibujos. En buena hora. Codazos en las muelas y trompazos a lo Bud Spencer empiezan a caer, como es habitual,  hacia abajo, que es el camino más recto auspiciado por una gravedad que nada sabe de injusticias de edad y/o tamaño. Los pequeños se están llevando la peor parte. Me pongo serio, intento que hagan una fila. Algunos obedecen, otros; no. La repartición de los dibujos se ve interrumpida y reiniciada en varias ocasiones, y la tensión va en aumento. 
Algunos dibujos, los títeres y muchas caras espachurradas
Decenas de palmas de manos, ojos suplicantes y cráneos espachurrados se abren ante mí. Incapaz de soportarlo más, e invitado por alguno de los mayores a que me marche, pues saben que aquello es ya ingobernable, decido ir a la fase tres, la del regalo de la bolsita con un surtido de títeres de dedo  –león, elefante, ranita…- que Javier me dio para “que no regresara a España”, y esta vez lo hice bien: me dirigí a uno de los mayores que medio controlaba el inglés y le dije que se lo diera al profesor de la escuela, que era un regalo para todos. Liberado, me monté en Walkyria y me marché. Vaya, vaya, vaya, me dije, si es que no tenía que haberlo intentado aquí, me recriminaba, recordándome cuando, en Tanzania, ocurrió una escena similar con Mayte y los niños de una escuela. 
Lo que me costó que se estuviesen quietecitos para tomar esta foto...

Pero no acabó ahí la cosa, se ve que me había yo quedado así como frustrado, y volví a intentarlo, por tercera vez, en Goudomp, donde iba a quedarme a dormir. Esta vez son muy pocos, sólo seis, me dije, dándome ánimos. Además, fueron ellos mismos los que, hurga que te hurga en cada cachivache de mi bicicasa, señalaron la varilla de RobRobot. Esta es la mía. Y me dispuse, con toda la calma, a sacarlo, montarlo y empezar a dejarle que hablase, caminara, diese la mano –bueno, la tuerca- y saltase de cabecita en cabecita. Pues mira tú qué bien. Sale el búho y de nuevo gritos de terror cuando vuela hacia ellos –me encanta esta faceta sádica que despierta en mí un simple trozo de corcho con plumas de paloma pegadas-, pero cuando salió CeciArandelas su atención se había dirigido hacia otras áreas de la bici, que si el timbre, mi cámara de fotos… Resignado, pero algo satisfecho también, he de reconocerlo, guarde a mis chicos en su bolsa y me dispuse, como me pedían, a fotografiarles a cada uno con Walkyria. Sea.
Y fue.
Mis últimas, y simpáticas,estrellas del espectáculo
Y se marcharon, y llegó la noche, una vez más. Y una vez más, también, fui acogido por uno de los habitantes del lugar que, son suma hospitalidad, me llevó a su casa y me alojó y dio de cenar. Sentado en las sombras, degustando un vaso de agua fría y un bocadillo de cebolla frita con no sé  qué más, mientras se preparaba el cus cus con carne picante, observaba a la numerosa familia de mi anfitrión perseguirse, peinarse, cocinar, jugar, lavar. Un hervidero de gentes que se preparaban para lanzarse a la ansiada cena. Suspiré y miré a las estrellas. Hay días que vienen marcados por unos signos que, probablemente, puedan leerse en las nubes, en el poso del café o, por qué no, en los ojos de tornillo de un muñequito hecho con dos trozos de corcho…

3 comentarios:

  1. Ayyyy Waltiii madre mía que odisea titiritera !!!. Al final vuelves hablando francés y con una par de niños escondidos en las alforjas de la bici. A ver si triunfas en tu próxima función. ..prueba con un cuentacuentos en español igual se quedan locos...besotes

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  2. El mundo de la farándula es duro, amigo mío. Los fans se te echan encima a la mínima, jajajaja

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  3. Café bajo la sombra, pocas sillas y cierto caos. África, amigo.

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