Catapultado desde la T4 a su satélite -la T4S- a través de un tren
subterráneo, inicio mi primera lectura senegalesa: "Mi carta
más larga", narración de una mujer que enviuda de un célebre musulmán y
se ha de enfrentar tanto a los ritos funerarios propios de esta
religión, como a los que se derivan del matrimonio poligámico bajo el
que vivía con su fallecido esposo. Esto promete. Levanto la vista del libro. Me encuentro muy tranquilo porque mis padres me han traído al aeropuerto con mucho tiempo, para evitar posibles sorpresas en la facturación de la bicicleta, y resulta que, en apenas 40 minutos, la he facturado a ella (previo pago de los 75 euros correspondientes que Iberia carga por cada billete de bici) y al resto del equipaje. Increíble. Me dirijo al control que me conducirá al embarque sentado en este metro especial, viendo pasar a toda velocidad unas paredes subterráneas oscuras.Sigo con la lectura pero, de repente, las letras del libro empiezan a dislexicarse ante mis ojos, flotan y se cambian de lugar. Traviesas, forman vocablos imposibles. Me estoy quedando dormido. Agito un poco la cabeza. y me digo que un teecito, o un café, no me vendrán mal para espabilarme a lo largo del vuelo que, en unas horas, me depositará -espero que con suma delicadeza- en suelo senegalés.
 |
| Equipaje que facturo: tres de mis cuatro alforjas portando casi todo lo necesario para mi viaje cicloturista |
 |
| Pasajeros que charlan animadamente apoyados en mi pobre Walkyria que, semidescuartizada, esperará pacientemente a que la devuelva la vida en Dakar. |
 |
| Abandonada a su suerte sobre la cinta transportadora |
 |
| Adiós, amiga, adiós. ¿Nos veremos en unas horas, o te perderán por cielos y aeropuertos lejanos? |
Una vez llegados al andén de la puerta S del T4S, al salir del tren, me pongo en cuclillas para guardar mis gafas y el libro. Escucho unas voces que avisan que todos los viajeros han de abandonar el tren así como del cierre de las puertas. Un medio de transporte ultramoderno, vacío, brillante, cuyas voces humanas enlatadas resuenan para nadie -dado que todos los que en él viajaban están siendo subidos por las escaleras mecánicas- y crean una atmósfera cuasi espacial con resonancias Kubrickianas, acentuada por el zumbido eléctrico que acompaña su veloz fuga de la estación y que suscita en mí una duda:¿estará tripulado por un terrícola o su ir y venir será controlado totalmente por un sistema electrónico?
Me veo caminando bajo inmensas bóvedas de acero y cristal, por estos pasillos cuyo suelo mordisquean las suelas de goma de mis zapatillas. De nuevo me encuentro en el máximo exponente de un no-lugar: un aeropuerto, atravesando perfumerías de alto standing en las que, curiosamente, aparecen bloques de Toblerone gigantes de múltiples variedades. Ojeo los elevadísimos precios de los comestibles y bebestibles de las joyas gastronómicas de la corona aeroportuaria

y al final me decanto por el que ostenta en su nombre el rango mayor -tan de moda últimamente por la polémica suscitada ante la abdicación real-, el trístemente celebérrimo Burger King que, por tan solo 1,90 euros, me ofrece un capuchino a cambio de un modo de pago ultragaláctico, pues el sonriente chico enviserado que me ha atendido no toca mi dinero: he de introducirlo en la máquina que, sobre el mostrador, nos separa. Como si de un cajero automático se tratara -bueno, es que básicamente es eso- absorbe con rabia, por una ranurita, mi billette de 5 euros y escupe, con escándalo, el cambio en monedas, estableciendo un vínculo (seguro que no deseado por ella) con una vulgar máquina tragaperras obsequiadora de premios contantes y, sobre todo, sonantes.


Con el café whopper en la mano, continúo mi periplo hacia la puerta de embarque, pero yo diría que, en lugar de caminar, casi floto por estos pasillos inmaculados. Tomo a sorbitos el café -mi particular oxígeno- y acabo en un amplio cuarto de baño impoluto con grifos de lavabo que se activan electrónicamente cuando mis manos buscan cómo interrumpir el sensor invisible. Salgo del servicio, dando pequeños saltos antigravitatorios, calculados con suma precisión para no golpearme con los techos de las galerías acristaladas,y llego hasta la sala de embarque, donde un nutrido grupo de pasajeros negros esperan sentados, pacientemente, que se inicie el acceso al avión. Desciendo de golpe a un presente muy contaminado de futuro inmediato, la gravedad vuelve a abrazarme con fuerza al suelo, a una realidad que, en unas horas, experimentaré en Senegal, la inmersión en un pasado que nunca viví y del cual ya me ha advertido mi amiga Carol: "No te asustes del aeropuerto de Dakar". Aeropuerto cual antesala de lo que ha de venir, de vivirse, a lo largo de un mes. Al principio, cierto vértigo camina sobre la cuerda floja de mi estómago, pues es normal temer lo desconocido, pero luego intento relativizar mis miedos. Habiendo visitado ya muchos países diversos, con el elemento común de ser naciones exóticas (culturalmente hablando), lejanas, empobrecidas, pienso que no me afectará en exceso. Si mi propósito fuese flotar en futuros asépticos, viajaría por determinados países occidentales. Pero he elegido pedalear, de nuevo, entre baobabs y mosquitos, sonrisas radiantes y chozas de adobe y paja. He elegido renunciar a ciertas comodidades para enfrentarme a una vida más auténtica. Además, mi alma romántica reclama espacios donde los relojes duerman y apenas existan calendarios. Reclama treinta días para perderse, y encontrarse, una y otra vez...
No hay comentarios:
Publicar un comentario