sábado, 26 de julio de 2014

Tanaf

El anfitrión reparte, con su mano derecha, trozos menudos de pescado sobre el arroz blanco. El cereal, más pequeño que el que usamos en España, llena casi hasta el borde el recipiente metálico que compartimos los tres hombres. Él come con la mano, el otro senegalés y yo; con cuchara. Cuando ve que nos hemos comido el trocito de pescado, con esa misma mano que rechupetea y sobre la que escupe los restos con espinas, nos vuelve a servir una nueva miniporción bañada, de vez en cuando, por la salsa picante que contiene un plato más pequeño, del que también sale el pescado, a sus pies. Escucho un chirriar y me digo que deben de ser columpios, en la casa de al lado, pero me llama la atención pues no he visto, hasta la fecha, ningún parque infantil. A medida que va oscureciendo - por eso he sido invitado a cenar, el Ramadán abre sus puertas a los estómagos vacíos musulmanes y, por extensión, a los de las personas cercanas- del árbol que está sobre nuestra cabeza se descuelgan, irregularmente, murciélagos del tamaño similar al de una paloma, dan un par de revoloteos y vuelven a su morada. Es entonces cuando descubro que son ellos quienes emiten ese chirriar casi metálico y no columpio alguno.
Al finalizar de comer, y dar las gracias, vuelvo a  mi choza, que sigue sin corriente eléctrica. De planta circular, alberga mi querida Walkyria y mis alforjas. Las decenas de hormigas con alas, que no cesaron de subirse por mis pies mientras me aseba, hace un rato, siguen poblando la estancia. No parece que el incienso espiralado, ahuyentamosquitos, que compré a Apaap en Dabo ahuyente a nadie. Lástima, quizás tenga que recurrir al asesino espray que compré en Missira - no me quedó más remedio pues en muchos lugares no tienen mosquiteras-, pero preferiría no hacerlo pues tengo la impresión de estar intoxicándome yo más que a aquéllos a quienes quiero matar.
Mal lavo la ropa en el cubo de plástico y la cuelgo. El cubo de plástico llenado con el agua del pozo que está fuera, junto a las cabañas, y que hay que subir a pulso pues no tiene instalada ninguna polea.
 Con este agua, la rutina cicloturista de cada noche: lavar -como se pueda- las prendas usadas ese día. Ochocientos kilómetros pedaleados ya. Ziguinchor, como quien dice, está a la vuelta de la esquina. Ziguinchor, desde donde cogeré el ferry para volver a Dakar. Ziguinchor -pronúnciese Tsiguinshoooooor, así estirando mucho la o-  la soñada, capital de la turbulenta Casamance, lugar de revueltas políticas, independentistas, en contra del gobierno central¨que parecen haberse amortiguado. Carreteras vigiladas, y cerradas a partir de las 20:00 horas, por el ejército. Sí, por esos señores que me han pasado varias veces en unos jeeps veloces, sentados en la parte trasera abierta, lateralmente, mientras, en el centro, uno de ellos, abierto de piernas, de pie, apoya sus manos sobre la ametralladora montada sobre el techo del vehículo. Casamance, región en la que, en ciertos lugares, aún hay minas antipersona ocultas, durmiendo un sueño presto a asesinar o mutilar a quien ose despertarlas. Minas como las que fabrican algunas empresas españolas, financiadas por la élite de nuestras entidades bancarias. Todo bajo una misma bandera, un mismo sol, que dice cooperar para el desarrollo de este país y que también dice velar por los derechos humanos... Pero también Ziguinchor, -perdón, Tsiguinshooooor- la hermosa, bañada por el impresionante río Casamance en el que hay una reserva de manatíes y en cuyo delta, cuando viajas a Dakar, dicen, te acompañan delfines.
Mis títeres en la parrilla del transportín, sin salir ya desde hace muchos días, pobres, para ver y disfrutar el país para el que fueron creados, pero a medida que pasaban los días, me daba cuenta de las causas por las que, cada vez, me sentía más reacio a lanzarme a la puesta en escena de mis obras. Varios son los motivos que servirán, en el futuro, para ser paliados, en la medida de lo posible, y continuar así con este bonito proyecto, sobre todo, en un país hispano o angloparlante.
Mis ojos se caen de sueño. Son las ocho y media y estoy reventado. En esta África de noches rotundas, compactas, sólidas, donde las personas luciérnaga se desplazan cada una con su linterna, y parece que no haya ánima viva -mentira, es cuando más bulle la vida por el permiso ramadanero- por las calles de los pueblos-chabola, el haberme levantado a las cinco, o seis, pasa factura pronto, muy pronto. Ajusto la mosquitera encajándola bajo el colchón, repaso que no tenga ningún agujero por el que penetren los griegos alados. Me tumbo y cierro los ojos. Tsiguinshoooooor susurran las aguas del río Casamance...

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