lunes, 21 de julio de 2014

Dindefélo



Cascada en las sombras de bloques de piedra, raíces, sonido de aves y monos. La superficie del agua poblada de hojas flotando y abajo, débilmente iluminados por los exiguos rayos de sol que logran penetrar hasta aquí, algunos pececillos, negros, husmeando el fondo. Luego el entrar en el agua, nadar hacia los chorros de agua que descienden con lentitud… Caminar con estos tres niños, despues del banio, sin poder comunicarnos más que a través de las sonrisas y ciertos gestos. 

Un mono "patas" se oculta, como lo denomina Ferrán -el responsable del centro de primates de Dindeféló- entre la maleza, su esbelta figura, su elevada cadera, corrobora cuanto dice del que es el "mono guepardo" por lo veloz que puede llegar a desplazarse. La sabana herbácea se extiende frente a nosotros. Termiteras y acacias. Hierbas altas. Calor. La lluvia no quiere venir.
Al dia siguiente, me baniare en la cascada de Dindefelo: una verdadera maravilla a la que le falta agua este anio:




Este primate bajo a darse tambien un chapuzon





 


Tras estas experiencias, ahora camino solo hacia Dindeféló, los chavales se han quedado en su poblado tras acompañarme a la cascada de Afia y recibir las 300 cefas aconsejadas, y Ferran y Eulalia, con quienes he pasado la maniana, siguen esperando a que llegue el equipo de espaniolas del curso de primatologia, pues parece ser que tienen problemas en la frontera de Guinea.
El sendero se adentra en el bosque y desciende. Pienso en mis "Javieres", en lo mucho que les gustaría estar aquí, viendo el horizonte sombreado por las lejanas elevaciones montañosas que configuran esta frontera natural entre Senegal y Guinea. El valle, a mis pies, engulle entre su verdor los tejados de paja y plástico de las desperdigadas viviendas. Las diminutas moscas siguen bombardeando, con insistencia, mis ojos, orificios nasales y paciencia. Son casi insoportables y pueden llevarte, fácilmente, a un ataque de ansiedad por lo impotente que te sientes para evitarlas. Con razón parece ser el principal y más molesto inconveniente en la observación de primates que desarrolla este equipo multidisciplinar de españoles -y españolas, sobre todo- que, alojados en viviendas de familias del lugar, pretenden detener, a través de un proyecto financiado por diferentes organismos españoles y senegaleses -públicos y privados- y auspiciados bajo la valiente figura de Jane Goodall, la desaparición de las poblaciones de chimpancés de la región, que apenas suman unos cincuenta y pico ejemplares (¡Oh, dioses, qué pocos!) y cuya mayor amenaza, cómo no, es éste su primo lejanamente cercano: el homo sapiens. 




Instalaciones del centro de primates inaugurado por Jane Goodall en febrero de este mismo anio

Deforestación por los cultivos agrícolas, fragmentación del territorio y aislamiento. Los chimpancés están acorralados por el hombre y todo pinta mal para ellos si no somos capaces de generar conciencia y, sobre todo, alternativas para la coexistencia de ambas especies.
Sigo bajando al valle, recordando los facoceros -bueno, su culo- que pude ver en la carretera antes de ayer, la gacela que pareció echarme una carrera y que brincaba, ágilmente -de nuevo el culo- delante de mí y, sobre todo, recuerdo el escorpión que, ayer por la noche, mató a pedradas Adhim. "Very dangerous, very dangerous", exclamaba, a cierta distancia, y el escorpión negro brillante, iluminado por mi frontal, con la cola levantada, sin saber que estaba esperando, majestuosamente, la muerte a través de esas piedras que, para mi sorpresa, eran lanzadas bombeadas (en lugar de picadas) y con muy poca puntería, he de añadir, por parte de este muchacho senegalés, artesano de la madera, que me estaba acompañando a recoger, a una casa junto a la cabaña donde me alojo, la cámara de fotos ya cargada, pues yo no dispongo de electricidad en ella. Arrugándose cada vez más por las varias piedras que lograron impactarle por fin, el temible animal perdió su aura de poder y peligro y quedó desdibujado, perdido el volumen que la vida le otorgaba, relegado a ser un trozo negro acurrucado junto al arma homicida. "No es mortal", arguyó, ", pero sí muy muy dolorosa su picadura".


El sendero se angosta, las ramas de los arbustos entorpecen mi marcha, sigo rememorando el resto de animales vistos: las serpientes muertas -algunas aplastadas en la carretera y otras matadas, seguramente a palos, junto a ella-. Sonrío al evocar el momento en que, tras poner la pata de cabra, di unos pasos, comencé a orinar y, de repente, sentí un sobresalto pues creí que estaba meando a una serpiente. Pero no. Resultó ser un palo retorcido. Suspiré y, de inmediato, fui consciente de que no había prestado ninguna atención al suelo que había pisado hasta llegar allí, como si estuviese moviéndome por España. Me recordé que debía ser más cauto si no quería llevarme un buen susto. El resto de fauna: lagartos, aves tropicales, multitud de mariposas, ciempies, el graciosisimo camaleon y, por supuesto, las incansables trabajadoras del suelo: las hormigas que todo lo transportan, rodean, suben y bajan.
 Hormigas gigantes que, extraviadas sobre mi cuerpo, coronan mis piernas en la cordillera de mis rodillas, cuando estoy sentado o tumbado, o esas malvadas diminutas de mandíbula de acero que tengo que manotear con presteza.Los mayores regalos hasta la fecha: los lejanos -qué lástima- hipopótamos que asomaron sus orejitas, ojos y, de cuando en cuando, hocico, del río Gambia. Apostado y armado con los prismáticos y con una inmóvil paciencia, observe la parsimonia pétrea con que viven su jornada diurna, dado que es por la noche cuando salen a comer hierba a la orilla. Al rato descubri, con gracia, que uno de ellos tenia encima una tortuga.¡Qué pacífica y envidiable convivencia! 
Y el otro regalo fue el encuentro inesperado con los monos -también "patas"- que vi primero en los árboles junto a la carretera, detenidos, mirándome uno de ellos con curiosa -e imagino que obligada- precaución, hasta que, evaluado como no peligroso, señaló a los demás que podían pasar. Alrededor de una veintena de maravillosos monos fueron bajando del árbol en que se encontraban y perdiéndose entre las altas hierbas y matorrales. Y luego los volvi a ver cuando atravese el Niokolo en autobus, a ellos y a montones de babuinos que me hicieron preguntarme que habria pasado si me los hubiese encontrado cuando hice este tramo en bici el otro dia : ?Me hubieran asaltado como hizo el « Mono Jimenez » en la India ?




Escribo esto a la luz de mi frontal. Fuera cantan los grillos, las aves nocturnas y, dentro, desde mi móvil, lo hacen Donovan y los Brothers Four, mientras vestido de nuevo con prendas largas y untadas de Relec las zonas expuestas de mi cuerpo, me pregunto si tendré la fortuna de salir de ésta sin pillar la malaria. Ferrán me ha advertido de lo necesario que hubiese sido que me hubiera tomado el malarone antes de bajar hacia esta zona: una de las chicas de su equipo, Sonia, la ha contraído y le ha dejado hecha unos zorros. "Te sientes morir" indica Ferrán. "Fiebre muy alta y dolores de cabeza intensísimos te hacen creer que no saldrás de esa". Él ya la ha tenido dos veces y, como pasa largos períodos aquí, no puede utilizar el malarone como profilaxis. Está condenado. Como yo ahora, que ya puedo estar infectado (por los numerosos picotazos que he recibido) pero que no puedo tomar la vacuna porque, de estarlo, seria contraproducente. He de esperar hasta una semana despues del regreso a Espania para saber si, efectivamente, me he salvado. ?Por que no lo tome ? Una mezcla de confianza (por mis experiencias anteriores en otros paises) unida a un deseo de no introducir en el organismo algo tan fuerte y, sobre todo el hecho de que , en caso de contraerla, la solucion seria identica a la profilaxis –pero suministrandome una mayor dosis-  me condujeron a esta decision tomada, he de reconocerlo, con cierta ligereza. Ahora, cuando veo el rostro demacrado y la debilidad de la chica espaniola convaleciente, cruzo los dedos (los de los pies tambien).

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