sábado, 2 de agosto de 2014

Regreso a Dakar acompañado de delfines

Un inmenso barco -heredero del trístemente famoso Joola, que sepultó en el mar a casi 2.000 personas en septiembre de 2002-, es el encargado de llevarme, y marearme, de Ziguinchor a Dakar.
Walkyria espera pacientemente a ser subida al barco





El simpatiquísimo Sene, gendarme que me ayudó mucho en todas las gestiones del viaje a Dakar. Sene, que quiere alistarse en las fuerzas militares de las Naciones Unidas para combatir a Al-Qaeda en Mali y, de ese modo, juntar dinero para poder casarse con su novia. Ojalá ese Dios en que cree le ayude y le traiga sano y salvo junto a ella.
Gaviotas que se lanzan en picado sobre las turbulentas aguas que la embarcación produce a nuestro paso, pescadores, en la lejanía, que ignoran, con sus tradicionales métodos de pesca, la gigantesca modernidad que pasa frente a ellos y delfines, sí, delfines que asoman sus cuerpos brillantes por entre la espuma.
Todo esto mientras el grupo de japonesas se ponen más amarillas de lo que es habitual en su tez y deambulan de acá para allá cual zombies incapaces de engullir a ninguno de los mortales que están a su lado.
Yo miro el horizonte verde -en tanto que surcamos el río Casamance- observando la tormenta que descarga en esos momentos en la lejanía, esos mismos lugares que ayer pedaleé, esa misma tormenta  bajo la cual también ayer medité.
Los pasajeros africanos se lanzan, alegres, a comprar botes de Coca Cola que cuestan el doble que en tierra, y bocadillos, y cafés, y tés... El Ramadán ha acabado y un carnaval de consumo glotón se alía con la, de seguro, presencia de una clase social senegalesa más pudiente de la que estoy acostumbrado a tratar (el viaje en barco cuesta 8.000 cefas el billete más barato). Unas personas que degluten las viandas vestidas con camisetas de One Direction, tomando vídeos y fotos de los delfines o cuidando, algunos, de sus hijos mulatos, que corretean de aquí para allá, pues se ven varias parejas mixtas disfrutando del viaje.

Cuando el barco se lanza a conquistar el océano Atlántico, y el oleaje, aunque suave todavía, proporciona mayor subebaja a las vísceras, mi organismo empieza a quejarse. Una desazón intensa -dieciséis horas de viaje- empieza a corretear por las comisuras de mi paciencia. Cual borrachera que no ha hecho más que empezar, provoca pensamientos de angustia en mi ánimo. Pero toca tranquilizarse, respirar lento y profundo y recordar a mi padre, una vez más, y sus experiencias marineras a lo largo de todo un servicio militar (máxime cuando este barco es de fabricación alemana). De haber estado en su lugar , a mí me hubiesen tenido que echar a los tiburones, de seguro, para que hubieran acabado con mi sufrimiento en un abrir y cerrar de mandíbulas. O mejor aún, a los delfines, sí, para que me hubiesen llevasen enganchado a sus aletas lejos de estos descomunales artefactos humanos capaces de surcar océanos y pesadillas. El Joola, prácticamente dos mil personas muertas -apenas se salvaron sesenta y cinco- en un barco con capacidad máxima de quinientas. Siempre la misma historia, siempre las mismas avaricias e inconsciencias. La mayoría de los cuerpos no aparecieron y las familias no tuvieron nada que poder enterrar. Miraban al mar y rogaban que éste les devolviera el cuerpo de sus seres queridos, pero el Atlántico, avaricioso, se los quedó para sí y los convirtió en sus hijos de espuma y sal.
Cuando cae la noche, me arriesgo a cenar algo que, en lugar de vomitarlo, mi estómago agradece y, con cuidadín, me voy a intentar dormir a la litera en el camarote que comparto con otras tres personas. Tumbado, la sensación de inestabilidad y meneíto se hace más intensa que verticalizado, por lo que tardé mucho en poder conciliar un descanso de sueños ligeramente centrifugados.

Una vez en tierra, aún sentí durante algún rato que el suelo se movía bajo mis pies. Pero ya estaba en Dakar, por fin. En la sala donde esperábamos a que el equipaje fuese descargado, los televisores se encargaron, cómo no, de enseñar perfumes donde blanquitas pseudoafricanizadas se convierten en diosas o, podía faltar, un porsche recorre carreteras aquí más imposibles de encontrar aún que en Europa. Fotos de Clinton, los Obama y el Papa visitando la isla de Goree, el emplazamiento desde el que se desangró a África a través de los millones de esclavos que se llevaron para, con su fuerza, su vida y su muerte dotar de riqueza a las naciones europeas.


Y luego, de nuevo, cíclicamente, los mismos anuncios: la diosa perfumada, el coche veloz y la Brussels Airlines, donde una azafata blanca cubre con una manta calentita al viajero mulato que se ha quedado dormitido ante la mirada sonriente de una chica negra. Luego el alboroto ansioso de cientos de personas recogiendo su equipaje, todos deseando de salir cuanto antes del puerto.
Después de socializar un poco más con Aitor y Judith, dos catalanes con los que coincidí tanto en Karabane como en el barco, buena gente, tocaba pedalear una Walkyria cansada, con unos platos que se niegan a cambiar, un cuentakilómetros que dejó de trabajar hace ya casi 200 km y unas alforjas maltrechas y malolientes. El frustrado titiritero y el satisfecho cicloturista recorrieron, despacito, la Corniche, el litoral oeste de Dakar, fina línea costera en la que se extienden las embajadas y chalés de los adinerados -por supuesto, junto a la brisa oceánica y sus magníficas vistas-, mientras que, apenas unas decenas de metros más allá, se extienden la aglomeración de casas y polvo propios de las clases empobrecidas...
Siento que ya casi estoy en casa. Un par de días y de peldaños de avión más y la aventura senegalesa habrá concluido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario