martes, 12 de agosto de 2014

Te voy a contar un secreto

Y es que estuve intentando hacer surf en la playa de El Secreto, en Dakar.
Y digo intentando porque, efectivamente, no pude coger ni una ola en condiciones. Suelo de roca, orilla rocosa, montones de niños senegaleses, hijos del mar, que brincaban en sus tablas de surf y de bodyboard y que cogían alegremente las olas de espuma, ya próximas a la orilla; en la lejanía, donde nacen las olas verdes, el no muy numeroso grupo de surfistas -algunos locales, negros, y otros blancos, toubabs- que esperaban sentados o tumbaditos sobre la tabla su momento de gloria.

Este fue el panorama que, desde la playa, estuve un rato observando. Me lancé a la aventura y alquilé una tabla de 9'6'' (2,90 m) con un ancho de 23 cm, muy mona ella, con su bandera de Senegal decorándola.(5.000 cefas=7,5 euros)
Emocionado,  rápidamente, me tumbé sobre ella tirándome al agua, dado que no podía caminar por el suelo de roca, para adentrarme en el maravilloso y templado océano Atlántico, de aproximadamente 25 grados, que baña la capital de Senegal. Remé hacia el interior y esperé a que las olas naciesen frente a mí. Recordando los consejos de Yerai, mi profe de surf del año pasado, tomaba en cuenta puntos de referencia, posición en la tabla, etecé etecé. Pero todo mi afán fue en vano. Tras algunos intentos fallidos -típico en el período de aprendizaje y tras un año de no volver a surfear- en la que la ola se va sin ti y te quedas como un bobo de pie sobre la tabla, dado que no has remado lo suficiente para colocarte en la cresta y que te lleve, sobrevino un problema mayor. Uno de los surfistas senegaleses, que cogía todas las olas y más, no daba opción a que yo pudiese siquiera intentar coger una, dado que, siguiendo las leyes surferas mundiales, el que coge la ola primero tiene prioridad. Eso añadido a otra de las reglas: los locales tienen prioridad, hizo que tanta prioridad me hundiese en la miseria acuática. Entre el egoísta que no dejaba una -y que incluso me chistó varias veces, para avisarme que venía, cuando iba a ponerme de pie sobre mi tabla-, los niños, que colonizaban la zona próxima a la orilla, la existencia de suelo rocoso y la estrecha longitud de la playa del Secreto, este pobre begginer se tuvo que ir frustradillo a coger el avión a España que salía unas horas después. Pero me di ánimos a mí mismo y al final me reconcilié con mi destino. ¡Al menos lo había intentado! Habrá que dejar para España el goce de cabalgar las olas...

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