viernes, 1 de agosto de 2014

Amor incondicional

Siempre me han fascinado los monos. Son, sin ningún lugar a dudas, mi animal favorito. Siento un amor incondicional por esos pelajes hirsutos, esos dedos largos y negros almohadillados.
Por eso cuando en Elinkine veo aparecer un mono que se sienta en el poyete del restaurante-mirador, quedo hipnotizado. Casi en estado de éxtasis me aproximo a él y, para mi sorpresa, descubro que se deja acariciar. El tacto de su cráneo y pómulos, la aspereza de su pelo, todas estas sensaciones me catapultan a los recuerdos táctiles de mi infancia, a Charly, el mono que, ¡ay!, tan  poco tiempo pude disfrutar. Regocijándome en el modo en que se entrega a mis caricias y masajes, descubro, con horror, la cuerda que pende de su cintura. Es un prisionero, no un alma libre. Es un animal espectáculo, capturado desde la insensibilidad y, probablemente, ignorancia humanas. Desilusionado, pero sin poder evitar la atracción que ejerce sobre mí, sucumbo a la devoción que siento por él e, inevitablemente, me convierto, con mi conducta apasionada, en cómplice de aquéllos que aquí le encadenaron.

Cuando, tras la ducha, regresé a él, al misterio de su presencia, de repente se tiró a mí y me mordió. Desconcertado, retrocedí y me arremangué la camiseta para comprobar la gravedad de la herida, que no pasó de una enrojecida rasgadura de la piel.
En ese instante atacó a otra de las personas que por allí pasaban, la cual le respondió con un rápido bofetón. No pareció que estos ataques fueran nada sorprendentes para los que habían presenciado las escenitas. Les pregunté por qué hacía esto y bromearon diciendo que era un mono-vampiro.
A la mañana siguiente, volví a visitarle. De nuevo la calma amortiguaba su cuerpo, ahora flácido y esponjoso, cuerpo que se dejaba invadir otra vez por mis dedos temerosos de ser mordisqueados inopinadamente. Pero no hubo más sustos. Sólo una mirada insondable que devolvía la mía. Observé la longitud de la cuerda -apenas dos metros-, la triste caseta en que ha de pasar los días, las noches, la vida,
y no tardé en imaginar a qué se debían los repentinos asaltos violentos. Rabia. Furor hacia estos seres que le han encadenado a un tronco. Atrapado. No más saltos por las copas de los árboles, no más siestas entre sus ramas,  no más frutos salvajes arrancados por sus manos. No más otros como él con quienes poder jugar, comunicarse. Atrapado, aislado, incomunicado... solo.

2 comentarios:

  1. Walttt vigila esa herida y cualquier sintomatologia , una mordedura de mono puede transmitir enfermedades...aunque seguro que no es nada. .
    Por cierto el �� muy guapo y no me extraña que muerda el pobre
    Cuidate y besos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sí, estuve un tanto al tanto los primeros días. La herida ya está prácticamente curada y, por ahora, no me ha dado por subirme a ningún árbol. Tengo puestas bastantes vacunas pero, no obstante, como dices, estoy "alerta". Muchas gracias, Martita.

      Eliminar