Fui a los páramos de noche.
(Menos mal que no me encontraba en una campiña inglesa, de mochilero y con otro amigo)
Sobrado, con una energía desbordante que buscaba una jornada gloriosa de 100 kilómetros, me encontré perdido en una pista de tierra con rastas -sí, esas a las que alguien ha rastrillado verticalmente al sentido de giro de la rueda-, con tan solo un paquete de panchitos, una naranja y las migas de las galletas que, hasta hacía poco, había tenido en mi alforja, viendo cómo la luna salía y el camino se elongaba y elongaba sin que llegase el fin. Había comprado un paquete de galletas de chocolate pero, maldición, maldición, maldición, el famoso Zampagalletas de Senegal se topó en mi camino y se las comió. Había oído hablar de él, pero no sabía cómo era su apariencia física. Ahora lo sé. Interceptado por su vehículo -al que creí de la policía- se bajó con su uniforme caqui y, tras algunos minutos de absurdez comunicativa pescanova -porque ninguno sabía hablar la lengua del otro- cuando creí que me preguntaba si tenía alimentos suficientes como para no morir en mi travesía nocturna, y los saqué para mostrárselos, zas! estiró su brazo y se cogió mis últimas tres galletitas que, abrazadas las muy tontas, fueron a parar a sus manos grandotas y sus ojos golosones. Se marchó y me quedé triste, desorientado y con mi naranja y mis panchitos. No pasa nada, me dije, pero sí pasaba. Pasaba que tenía frente a mí alrededor de 20 kilómetros de pista terribilísima, era de noche y no sabía dónde iban a dar mis huesos al dormir. Invoqué a los dioses cicloturistas. Les hice ver mi situación. Y los dioses me escucharon y acudieron en mi busca. De la nada, apareció un pobladillo. En el pobladillo habia una puesto de comida. En él, un hombre de cara afable me atendió y entendió y, tras una llamada telefónica con su móvil a un amigo que nos hizo de traductor, me vi en su casa, frente a un televisor donde Alemania machaba a Brasil por 6 a 0 y donde, unos minutos después, pude degustar un magnífico pollo con guarnición de cebolla con gengibre y patatas fritas, acompañado de trocitos de baguette. De postre, un delicioso mango. Ah! qué suerte contar con dioses así de solícitos, me dije, tumbadito en una habitación limpia, cubierto con una mosquitera que no tenía agujeros y a la que, esta vez sí, metí con suma precisión bajo mi colchoneta.
Contento por el regalo, decidí ofrecer, a la mañana siguiente, mi primera función de títeres a los hijos de la casa. Eran 5, de los cuales, cuando acabé de desayunar, sólo quedaron 2. Motivado motivadísimo desplegué mis queridos compañeros pero, ay dolor de los dolores. El nivel de distracción -llegada de una vecina, jugueteo con mis instrumentos musicales- fue tal que tuve que acortar una de las obras y, bueno, adaptar otra. C'est la vie! me dije. El mundo del espectáculo es ingrato e impredecible. Pero no me desanimo. Habrá más ocasiones y más niños. Lo que sí resultó un éxito fueron los trucos de magia con la cuerda. Ah!, la magia... caballo ganador donde quiera que se practique... Los títeres pueden (o no) interesar, gustar, pero la magia... La magia camina por universos de fascinación y asombro...
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| El manglar empieza a fundirse con las sombras. Maaaaalo... |
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| Mis primeros espectadores. El hermano mayor -en el centro- llegó cuando ya había acabado. |
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| Un tanto tristes, mis títeres reposan en el suelo cada uno en su montoncito. |
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| Esa cara tristorra era porque le había dado llorona con uno de mis instrumentos musicales y me lo pedía insistentemente. Contra el vicio de pedir... |
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| Divertidos, cariñosos, juguetones e, incluso, uno de ellos karateka, pasé con ellos un buen rato bañándome, lanzándoles por el aire, haciéndoles cosquillas... |
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| Lástima! A estos niños sí que les hubiera gustado ver las obras de títeres, lo sé. Ellos mismos iban preguntándome qué llevaba en las alforjas y, lenta pero mágicamene, RobRobot y CeciArandelas hicieron aparición. Pero me tenía que ir ya a cruzar el Delta del Saloum... |
Pues has perdido una oportunidad preciosa de probar la obra, amigo mío. Esto niños eran el público ideal para empezar la aventura!
ResponderEliminarAn American "walterio" in London
ResponderEliminarPasito a pasito, poblado a poblado, encontrarás el público perfecto, y ......al final, tus waltíteres triunfarán. Qué bonita aventura¡¡¡¡¡¡
ResponderEliminarA pesar de los contratiempos, una luz tranquila y profunda ilumina tu pedaleo. Disfruta de todo y de todos. Crece, amiguete, y regresa más grande todavía.
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