miércoles, 2 de julio de 2014

Yo sé que tuve un corazón,

me lo dicen ciertas fotos, algunos recuerdos nebulosos y unas cartas que guardo en la mesilla de noche.
Yo sé que tuve un corazón y en lo más hondo de mi ser, intuyo que algo de él me queda aún. Me lo dice una sensación que, de vez en cuando, con menos frecuencia de lo que desearía, me nace en el pecho, bajo las costillas.
Yo sé que tuve un corazón, y que no hace falta irse a Senegal para encontrarlo, pero a veces es necesario lanzarse a lo desconocido para conocerse un poquito más...

Hace muchos años, cuando la pérdida ya se había hecho notoria, escribí este relato. Como Julián, yo también parto a buscarlo (pero a lomos de mi bicicleta). Y, también como él, sé dónde acabaré encontrándolo...




"Julián había perdido su corazón en algún lugar, y no sabía dónde ni cuándo había sucedido. Fijaba su atención en la mar, con los ojos entornados, y los recuerdos aparecían cubiertos por un velo de agua que los distorsionaba, se observaban tan indefinidos que el pescador se preguntaba si eran realmente suyos o si se trataba del recuerdo que tenía de los recuerdos de otro.
Por la tarde, sentado en el puerto, extendía las redes y buscaba, entre las algas y los lenguados, alguna pista que le ayudase a encontrarlo. Pero toda búsqueda era vana, los días pasaban y la desesperanza, cargada con el peso de cierto cansancio, se tumbaba sobre sus recios hombros y le hacía bajar su vista hacia la cubierta de madera de su embarcación, donde los pegotes de salitre se secaban al calor de un sol obstinado.

Un día, un pequeño se le acercó y le dijo:
- ¿Por qué estás siempre triste, Julián?
- He perdido mi corazón y no sé dónde buscarlo – contestó el pescador, con un ligero temblor en los labios.
La tarde caía vestida de rojo. Algunas gaviotas aleteaban sobre los restos de pescado seco. El niño se aproximó más al hombre. Tenía los dedos regordetes y la cabeza menuda. En su rostro se hundían dos ojos negros envueltos en una bruma soñadora que su madre, por más que los lavó, nunca logró quitar.
- Búscalo en el fondo del mar – dijo el niño -. Puede que esté allí – los ojos emergían una y otra vez para tomar aire.

Y Julián lo hizo. Una tarde, en que las olas estaban cansadas y el viento se había ido a buscar nuevas tierras, cogió su barca, remó durante varias horas y, una vez estuvo lejos de la costa, se lanzó al agua y nadó hasta el fondo del océano. Cuando llegó a lo más profundo, descubrió que, entre los corales, durmiendo en conchas o abrazados por estrellas de mar, miles de corazones se encontraban allí. Se trataba de los corazones de los pescadores que habían muerto ahogados.
Julián, desconcertado, por más que buscó, no logró encontrar el suyo, y decidió coger uno cualquiera.
Apenas llegó a la superficie, notó que algo había cambiado. A su mente acudían rostros de personas y lugares desconocidos, así como miedos y alegrías que le eran del todo ajenos; se sintió tan incómodo ante esta situación como aquella vez en que, de niño, se puso los zapatos de su padre e intentó caminar con ellos. De igual manera a la del calzado de cuero negro de entonces, también estos recuerdos se le salían a cada paso, resbalaban y caían de nuevo al mar sin que él pudiese evitarlo, pues no le pertenecían.
Sentado en su barca, mecido por un mar que parecía querer consolarle, Julián lloró, sin poder formar una sola lágrima, hasta que las estrellas abrieron los ojos. Después, resolvió soltar el corazón a cuyos latidos no lograba cogerles el ritmo, se cubrió el rostro con sus manos de carne, huesos y sal y suspiró. Permaneció en silencio hasta que percibió el júbilo que se expandía en el fondo del mar ante la llegada del liberado. Era un ronroneo acariciado por algas y acunado en las colas de los caballitos de mar. Rumor que hacía vibrar la embarcación y dotaba de fosforescencia a la espuma con que brindaban las olas de la superficie.
Fue entonces cuando Julián recordó dónde había dejado su corazón. Sucedió de un modo tan natural y se sintió tan tranquilo y seguro que, por un momento, casi llegó a olvidar que había olvidado dónde estaba. Su corazón se encontraba en una casa pintada de verde y azul, junto a un acantilado, en cuyo interior una mujer hacía ganchillo, una niña rubia bebía un tazón de chocolate caliente y un gato gordo y gris dormía en un sillón.

- Sí – se dijo -, es allí donde está, donde siempre ha estado... – y comenzó a remar en dirección a la costa, acompañado por el suspiro de las estrellas y por un murmullo que, desde lo más profundo del mar, prometía esperar su regreso."

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