me lo dicen ciertas fotos, algunos recuerdos nebulosos y unas cartas que guardo en la mesilla de noche.
Yo sé que tuve un corazón y en lo más hondo de mi ser, intuyo que algo de él me queda aún. Me lo dice una sensación que, de vez en cuando, con menos frecuencia de lo que desearía, me nace en el pecho, bajo las costillas.
Yo sé que tuve un corazón, y que no hace falta irse a Senegal para encontrarlo, pero a veces es necesario lanzarse a lo desconocido para conocerse un poquito más...
Hace muchos años, cuando la pérdida ya se había hecho notoria, escribí este relato. Como Julián, yo también parto a buscarlo (pero a lomos de mi bicicleta). Y, también como él, sé dónde acabaré encontrándolo...
Yo sé que tuve un corazón y en lo más hondo de mi ser, intuyo que algo de él me queda aún. Me lo dice una sensación que, de vez en cuando, con menos frecuencia de lo que desearía, me nace en el pecho, bajo las costillas.
Yo sé que tuve un corazón, y que no hace falta irse a Senegal para encontrarlo, pero a veces es necesario lanzarse a lo desconocido para conocerse un poquito más...
Hace muchos años, cuando la pérdida ya se había hecho notoria, escribí este relato. Como Julián, yo también parto a buscarlo (pero a lomos de mi bicicleta). Y, también como él, sé dónde acabaré encontrándolo...
"Julián había perdido su corazón en
algún lugar, y no sabía dónde ni cuándo había sucedido. Fijaba su atención en
la mar, con los ojos entornados, y los recuerdos aparecían cubiertos por un
velo de agua que los distorsionaba, se observaban tan indefinidos que el
pescador se preguntaba si eran realmente suyos o si se trataba del recuerdo que
tenía de los recuerdos de otro.
Por la tarde, sentado en el
puerto, extendía las redes y buscaba, entre las algas y los lenguados, alguna
pista que le ayudase a encontrarlo. Pero toda búsqueda era vana, los días
pasaban y la desesperanza, cargada con el peso de cierto cansancio, se tumbaba
sobre sus recios hombros y le hacía bajar su vista hacia la cubierta de madera de su embarcación,
donde los pegotes de salitre se secaban al calor de un sol obstinado.
Un día, un pequeño se le acercó
y le dijo:
- ¿Por qué estás siempre triste,
Julián?
- He perdido mi corazón y no sé dónde
buscarlo – contestó el pescador, con un ligero temblor en los labios.
La tarde caía vestida de rojo. Algunas
gaviotas aleteaban sobre los restos de pescado seco. El niño se aproximó más al
hombre. Tenía los dedos regordetes y la cabeza menuda. En su rostro se hundían
dos ojos negros envueltos en una bruma soñadora que su madre, por más que los
lavó, nunca logró quitar.
- Búscalo en el fondo del mar – dijo el
niño -. Puede que esté allí – los ojos emergían una y otra vez para tomar aire.
Y Julián lo hizo. Una tarde, en que las
olas estaban cansadas y el viento se había ido a buscar nuevas tierras, cogió su barca, remó durante varias horas y, una vez estuvo lejos de la costa, se lanzó al agua y nadó hasta el fondo del océano. Cuando llegó a lo más
profundo, descubrió que, entre los corales, durmiendo en conchas o abrazados
por estrellas de mar, miles de corazones se encontraban allí. Se trataba de los
corazones de los pescadores que habían muerto ahogados.
Julián, desconcertado, por más que
buscó, no logró encontrar el suyo, y decidió coger uno cualquiera.
Apenas llegó a la superficie, notó que
algo había cambiado. A su mente acudían rostros de personas y lugares
desconocidos, así como miedos y alegrías que le eran del todo ajenos; se sintió
tan incómodo ante esta situación como aquella vez en que, de niño, se puso los
zapatos de su padre e intentó caminar con ellos. De igual manera a la del
calzado de cuero negro de entonces, también estos recuerdos se le salían a cada paso,
resbalaban y caían de nuevo al mar sin que él pudiese evitarlo, pues no le
pertenecían.
Sentado en su barca, mecido por un mar
que parecía querer consolarle, Julián lloró, sin poder formar una sola lágrima,
hasta que las estrellas abrieron los ojos. Después, resolvió soltar el corazón
a cuyos latidos no lograba cogerles el ritmo, se cubrió el rostro con sus manos
de carne, huesos y sal y suspiró. Permaneció en silencio hasta que percibió el
júbilo que se expandía en el fondo del mar ante la llegada del liberado. Era un
ronroneo acariciado por algas y acunado en las colas de los caballitos de mar.
Rumor que hacía vibrar la embarcación y dotaba de fosforescencia a la espuma
con que brindaban las olas de la superficie.
Fue entonces cuando Julián recordó
dónde había dejado su corazón. Sucedió de un modo tan natural y se sintió tan
tranquilo y seguro que, por un momento, casi llegó a olvidar que había olvidado
dónde estaba. Su corazón se encontraba en una casa pintada de verde y azul,
junto a un acantilado, en cuyo interior una mujer hacía ganchillo, una niña
rubia bebía un tazón de chocolate caliente y un gato gordo y gris dormía en un
sillón.
- Sí – se dijo -, es allí donde está,
donde siempre ha estado... – y comenzó a remar en dirección a la costa,
acompañado por el suspiro de las estrellas y por un murmullo que, desde lo más
profundo del mar, prometía esperar su regreso."
Julián, Julián, dame pan, que sólo has dejado migas de alquitrán.
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